sábado, enero 23, 2010

Fiebre en la prisión

Siempre hay una primera vez para todo. Recuerdo, por ejemplo, que mi primera relación homosexual la tuve en una cárcel de menores, el Instituto Agote, con quien fuera por aquel momento el director, un novio de mi mamá. Supongo que debe ser una habilidad aprendida con los años, la de poder detectar la homosexualidad en un adolescente asexuado, la de encontrar el momento propicio para hacer una primera insinuación.

R.S. supo aprovechar una buena oportunidad para tener un encuentro a solas conmigo. Yo tenía que sacar la cédula de identidad y él se ofreció a llevarme al Departamento Central de Policía en la calle Moreno, donde tenía un amigo comisario que nos realizaría el trámite sin necesidad de pasar por las tediosas colas que normalmente éste requería.

R.S. pasó a buscarme por mi casa en auto, un Fiat 600 rojo. Fuimos a hacer el trámite de la cédula de identidad, que nos llevaría menos de una hora. Subimos a la oficina de su amigo, que nos acompañó en el recorrido: sacarme la foto, imprimir las huellas digitales en un cartón y llenar un formulario. Una vez que salimos del Departamento de Policía, R.S. y yo subimos nuevamente al auto y él empezó a conducir por diferentes barrios de la ciudad sin rumbo fijo. Caía una suave llovizna. En silencio, R.S., al volante, encendía de vez en cuando los limpiaparabrisas y yo miraba, ensoñado a través de los vidrios salpicados de gotitas, los reflejos violáceos del atardecer sobre el asfalto húmedo. De pronto él sacó de la guantera una revista pornográfica que enseguida tuve entre mis manos mientras él me señalaba una foto en la doble página central, una orgía entre hombres y mujeres, en la que se veía a un hombre cogiéndose a otro. “¿Ves a éste, cómo se coge al amigo?”, me dijo. No necesitó mostrarme muchas más fotos para convencerme de que las relaciones sexuales entre hombres eran algo normal. Mi fantasía ante la apertura sexual que me proponía R. era —y por entonces yo ignoraba que ésta fuera una fantasía común a muchos y un género aparte de películas pornográficas— la de tener relaciones sexuales con los chicos presos en el Instituto Correccional de Menores. Me los imaginaba morochos, musculosos, muertos de calentura en las celdas, cogiéndose entre ellos.

Además del guardia que nos abrió la puerta del correccional, en el lugar parecía no haber nadie. R.S. me llevó a una oficina que según deduje era la de los guardias, porque tras ella seguía, del otro lado de las rejas, un pabellón oscuro en el que yo supuse que estarían las celdas. R.S. estaba vestido de traje y corbata. El, de espaldas a la ventana sentado al escritorio; y yo, en una silla, del otro lado, sentado frente a él, tuvimos una conversación que muy pronto pasó del tema de las notas en el colegio al tema de las chicas. Me preguntó si ya había debutado y le conté mi experiencia con una prostituta en la Isla Maciel, la primera y única relación sexual que yo había tenido hasta el momento. R.S. se levantó de la silla y se acercó a mí. Yo también me levanté. R.S. me abrazó y me dio un beso de lengua, el primer beso de lengua de mi vida. Cuando sentí su lengua dentro de mi boca, me fui en seco, fue una eyaculación de varios segundos que me corría por la pierna y me traspasaba el pantalón Adidas de lycra azul con tres rayas blancas a los costados. Más tarde sentiría que aquella primera relación con un hombre, en la cárcel de menores, había sido en cierto modo ilegítima, puesto que yo no era ni carcelero, ni recluso.

Decía que siempre hay una primera vez para todo y, a pesar de tener ya más de treinta años y a cuestas una vida sexual desenfrenada, viví, hace unos meses, una experiencia nueva. Estaba en la vernissage de una muestra colectiva en la galería Belleza y Felicidad. Sergio de Loof mostraba una colección de postales de su reciente viaje por París, Roma y Florencia. Las obras de Gumier Mayer desplegaban y extendían sus arabescos brazos multicolores para alcanzar la belleza. Por último me llamó la atención la obra de Marcelo Pombo, Fiebre en la prisión: un collage sobre la caja de un video porno llamado así; y antes de seguir debo confesar que, un año atrás, después de haber visto la muestra anterior de Pombo, víctima del erotismo que emanaban aquellos dibujos, tuve durante varios meses fantasías sexuales con él. Con Fiebre en la prisión también me excité, pero esta vez pude acercarme a Marcelo para compartir aquel estado en el que me había puesto su obra. “Esperame un segundo”, me dijo, y al rato llegó con un videocasete. “Esta es la película, te la presto. Mirá que es una obra de arte, por favor, cuidala.” “Por supuesto”, le contesté y, ahora que lo pienso, fui un privilegiado, porque si la película formaba parte de aquella obra de Pombo, yo fui uno de los pocos que pudo ver la obra en su totalidad. Pero en aquel momento lo que más me importaba era que por primera vez en mi vida me sentaba a ver una película porno, solo, en mi casa.

Mi cuerpo ardía, sentado en el sillón, a dos metros del televisor, viendo cómo un guardia se cogía a un preso latino. El guardia era un negro alto, corpulento, dientudo, muy feo de cara. Tenía una pija enorme que nunca llegó a parársele del todo y que —tal vez por un mal ajuste de color en mi televisor—, embutida en el preservativo, se veía de un color amarillo verdoso, para nada excitante. Sin embargo, la película me recordaba a aquella experiencia con R.S. en la cárcel de menores y me excité tanto que tuve que salir a buscar sexo a la calle, desesperado.

Al poco tiempo, mientras preparaba el bolso para ir al entrenamiento de capoeira, arte marcial brasileño que practicaba desde hacía algunos años, Marcelo me llamó por teléfono para ver si podía devolverle la película. Quedamos en que pasaría por su casa antes del entrenamiento, y con el apuro me olvidé de poner en el bolso un slip, fundamental para evitar el bamboleo bajo el pantalón de lycra blanco ceñido en la cintura, obligatorio para el entrenamiento.

El efecto que me había causado Fiebre en la prisión, las veces que la había visto, se apoderaba de mí nuevamente. De camino a lo de Marcelo me repetía mentalmente algunas frases para introducir en la charla y también las posibles respuestas de Marcelo. Imaginé tantas líneas de diálogo como un ajedrecista razona el posible desencadenamiento de su jugada. Las fantasías sexuales con Pombo se multiplicaban mientras pensaba en las distintas variantes de la conversación.

“Cuando salga de acá tengo que ir a capoeira, pero me olvidé el slip. ¿No podrías prestarme uno tuyo?”, fue una las primeras frases que se me habían ocurrido. Después pensé en una más elaborada y menos directa: “Cuando salga de acá tengo que ir a capoeira, pero me olvidé de poner un slip en el bolso y no hago a tiempo a pasar por casa a buscarlo. ¿Podrás prestarme cinco pesos para que me compre uno?”. Concluí que esta última era la más civilizada y que dependería de la respuesta de Marcelo si mi fantasía de tener un slip suyo se concretaba o no.

Aquella tarde, Marcelo me esperaba con té y tarta de frutillas. Por las ventanas del salón, tan en lo alto que sólo permitían ver el cielo, entraban los rayos del atardecer, de una hermosura que me apaciguaba. Sentados a la mesa parecíamos dos monjes conversando en un refectorio. Decidí entonces no ir nada al entrenamiento y quedarme hablando con Marcelo Pombo el tiempo que durara la conversación.

viernes, enero 08, 2010

Periodismo de anticipación

Terremoto orgiástico sacude a la TV argentina

Tinelli se la veía venir, por eso decidió, tarde, travestir su previsible show televisivo en Morfándosela por un sueño donde, en un intento desesperado por evitar el descenso al hoyo negro del olvido, nos muestra una lavada diversidad de utilería. Demasiado tarde. Porque desde su episodio cero, la comedia de enredos gay Amores, amantes y amoríos se impone en el rating y ya es considerada un hito en la historia de la televisión argentina: primero por ser el primer programa de ficción local, cuyos protagonistas son gays y lesbianas; segundo porque es también el primer programa de ficción de la televisión pública que lleva cuatro semanas consecutivas al tope del rating en el prime time.
Inimaginable hace apenas unos meses, el fenómeno puede entenderse como el resultado de una serie de eventos que parecían no tener conexión hasta ahora, cuando confluyen en este gran éxito la recuperación de las transmisiones de fútbol para la televisión pública y, en consecuencia, la importante facturación que las autoridades del canal decidieron destinar en gran parte a la producción de programas de ficción; las recientes leyes que permitieron abolir las diferencias de género que impedían el matrimonio gay y el inesperado efecto rebote que tuvo sobre las parejas más jóvenes de todos los sexos, en su mayoría en contra de la institución matrimonial y a favor de la poligamia y, sobre todo, el fenómeno del fenómeno: la última visita de Ricardo Fort al Dalai Lama, un viaje durante el cual el millonario dice haber tenido una visión: “El futuro es gay”, dijo a Susana Giménez tras su regreso el joven empresario, productor de Amores, amantes y amoríos, durante el tan esperado tête a tête con la diva que, como era de esperar, incendió también las mediciones de teleaudiencia.
Amores, amantes y amoríos, el fenómeno sin parangón que deja al país con la boca y el culo abiertos, tiene por protagonistas a los hermanos Lux, que forman el dúo baladista Fanfarria: Adán (Juan Pablo Malvasio, más conocido como Electrochongo) es un simpático y sensual osito fisicoculturista que se muestra durante el noventa por ciento de las escenas en slip y tiene una gran corte de admiradores y amantes (como escribió Paul Verlaine en su poema "Mille et tre": “incontables amantes, nunca son demasiados”), y su hermana Eva (Dalia Rosetti en su debut como cantante y actriz), cuyo mayor atractivo, además de su extraña belleza, es y será por muchos capítulos uno de los misterios que se revelará hacia el final de la temporada. Desde el primer capítulo vive acompañada por su harem, cinco jóvenes aborígenes de la Amazonia colombiana a las que conoció durante un viaje iniciático; pudimos verlo en el primer episodio, en el que no faltaron las alucinaciones ni los peligros: insectos gigantes de picaduras mortales, caníbales, además de la maravillosa selva.
El cóctel cautivó a la teleaudiencia, que cada vez más vertiginosamente se identifica con los ideales del libre albedrío: las escenas de sexo de altísimo voltaje, los diálogos brillantes y los gags, de una calidad que supera en materia televisiva a todo lo que hemos visto hasta hoy. Con tanto glttb, homosexual, camionera, puto, trola, pervertido y sodomita suelt@, el abanico de recursos humorísticos no tiene fin: desde los artilugios de algunos de los amiguitos de Adán, para usar los maquillajes y vestidos de Eva, hasta los celos entre las chicas del harén, que desatan peleas con patadas, mordiscones y agarradas de los pelos, como en los mejores momentos de los populares Urdapilleta y Tortonese en el Palacio de la Risa. Y no nos olvidemos de las hermosas canciones, como Te siento, lo siento por mí, que sin dudas estará pronto al tope en todos los rankings.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/soy/1-1158-2009-12-31.html

Sobre Reminiscencia, muestra de Raúl Escari

Escari Monster*

Hace unos días fui a visitar a mi amigo, el escritor y artista conceptual Raúl Escari. Después de fumar un par de porros quiso mostrarme una de las dos obras que conforman Reminiscencia, muestra que ya puede verse en el C. C. Borges (Pabellón Berni): abrió la heladera, donde por lo general no hay más que CocaCola y la cajita del faso, pero que esta vez estaba llena de cuchillos de cocina, algunos de gran tamaño; los dispuso en fila sobre la mesita cuadrada de madera a la que estábamos sentados, todos apuntando hacia mí. Impactado, recordé aquella noche cuando le dije, según él mismo lo cuenta en Dos relatos porteños, que nunca nadie me había chupado tan mal la pija como él. Bajo los efectos paranoicos de la hierba, pensé en el amor no correspondido, muchas veces generador de energías demoníacas que pueden destruir al ser amado, y tuve miedo de que todos aquellos cuchillos, movidos por alguna fuerza sobrenatural al mejor estilo Carrie, se me clavaran en el pecho. Por si acaso, los giré uno por uno en dirección a Escari, que enigmático dijo: “Sí, mejor los guardo. ¡Es muy fuerte!” y los metió en la heladera.
Aliviados los dos, Escari me contó que a la obra, titulada Violencia, le faltaba un detalle: una mancha de pintura roja en la punta de cada cuchillo, y que se trataba de un diálogo con la obra Mancha de Sangre, del artista argentino Ricardo Carreira, un charco de resina de poliéster rojo exhibido por primera vez en 1966, en la muestra colectiva Homenaje a Vietnam.
La otra obra que compone Reminiscencia es un video llamado El fin de la partida, en el que Escari se despide del departamento donde vivió sus últimos años en París, para venir a instalarse definitivamente en Buenos Aires. La muestra se completa con un texto llamado Raúl Escari. Autobiografía XI: Reminiscencia, primorosamente editado por Fernanda Laguna y que ya figura en el catálogo de Belleza y Felicidad. El autor insiste en que debe ser leído antes de la contemplación de sus dos obras.
En la sala contigua, puede verse la muestra del cineasta francés Robinson Savary, donde se presentan dos series de fotografías en blanco y negro: la primera consiste en retratos de los personajes de circo que compuso para su film Bye Bye Blackbird –un enano con aspecto de gigante, un payaso, un jefe indio, una amazona y una trapecista– la segunda, tiene como tema a las travestis de los Bosques de Palermo. Durante la inauguración se produjo un hermoso contraste entre aquellos atemporales retratos y los coloridos atuendos de las diez travestis fotografiadas, que irrumpieron en la muestra encabezadas por Sayuri Tuchía Salazar, una de las modelos y curadora de la exposición. La muestra fue titulada Los raros por sugerencia de Raúl Escari, amigo y vecino de sala de Savary y, sin dudas, el más raro de todos.

* Canción de Súper Siempre (Courtis, Prior, Garamona y Bizzio), dedicada al artista.



http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/soy/1-1139-2009-12-18.html

Entrevista a Osvaldo Sabino

La máquina del placer
Osvaldo Sabino nació en Buenos Aires en 1950 y figuró entre los primeros militantes del Frente de Liberación Homosexual, estuvo desaparecido y luego expatriado en Estados Unidos, donde, además de una importante formación académica, desarrolló una obra en la que conviven el camionero que se inicia en el sadomasoquismo, el taxi-boy que se enamora de un cliente, la loca que va con la tía a la ópera y termina encerrada con un negro en el baño de un restaurante y muchos otros personajes ardientes.

Tus cuentos son todos muy festivos y tienen final feliz.
—Es que llegó un momento en que me saturó la literatura queer que mostraba a los gays sufriendo, víctimas, los gays que terminan muertos por el pecado nefando que cometen. Esa no es mi realidad ni la tuya. Vivimos una realidad muy distinta. ¿Te acordás de la obra The boys in the band? Fue una obra pionera de fines de los ’60 en Estados Unidos. Transcurre en una fiesta de locas, el cumpleaños de uno de ellos. Son todos los estereotipos más horribles que te podés imaginar. Se presentó acá en teatro como El extraño clan y cayó la policía la noche del estreno, se armó un quilombo en el Odeón, la censuraron ahí mismo. Ahí Harold, el personaje que cumple años –que tiene la cara picada de viruela, es feo, tiene todas las contras el pobre– en un momento dice: “Muéstrame un homosexual feliz y te mostraré un cadáver sonriente”. Eso me hizo reaccionar, me puse a pensar en las grandes obras, por ejemplo Las amistades particulares de Roger Peyrefitte, donde el chiquito se suicida, o en Fabrizio Lupo de Carlo Coccioli: después de tragarte una novela larguísima, al personaje lo atropella un camión. Los homosexuales nunca pueden ser felices. Yo vivo bien, estoy cómodo con mi vida. Y me dan miedo los finales tristes, por eso escribo finales felices. Entonces me digo: “¿Qué hago con todo esto?”. Por ejemplo, en el cuento del chico, un menor de edad, con el cura. Yo me revolqué con un cura de pendejo y no tengo ninguna culpa por eso, ni voy a decir que él me violó, los chicos son diabólicos también, mucho cuidado con eso, yo sé que al cura lo provocaba yo, sería muy putito, no sé. El chico del cuento lo provoca al cura, le cuenta sus sueños, le cuenta todo y lo disfruta, y el cura también, tiene un arte tremendo, los dos disfrutan al máximo y el chico queda con un recuerdo maravilloso.

¿El eje en tus cuentos es el disfrute?
—Sí, celebrar dos personas, celebrar dos cuerpos. Cuando salió El juguete erótico, llegué a Madrid y la encontré empapelada con carteles de publicidad del libro de donde tomaron una frase que pongo ahí: “El órgano más erótico del ser humano es la imaginación”. Cuando me preguntan cómo hacés para escribir literatura erótica, digo: “No me toco hasta que no termino el cuento”.

¿Por qué?
—Porque si me hago una paja se me corta toda la inspiración. Yo me recalentaba con esas historias, pero no viví ninguna. A veces, sin darte cuenta, escribís la historia de alguien que conocés. Por ejemplo, tengo un libro, que por ahora no está publicado, donde un personaje que decide salir del armario, le dice a la madre: “¡No me entraba, no me podía entrar en la cabeza que yo era gay!”, y la madre le contesta: “Ven, ven, siéntate. Yo soy una mujer grande, sin instrucción, no estoy preparada como tú, que tienes ya un doctorado, has vivido y viajado por todo el mundo. ¿Cómo no pudiste entender que la homosexualidad no es algo que no tiene que entrarte en la cabeza sino en el culo?”. Y todos me dijeron: “¡Eso es imposible!, ¡un delirio!”. Después que lo escribí, me acordé de que era la historia de un amigo y lo llamé para avisarle.

Todos tus cuentos y poemas los publicaste en España. Antes intentaste publicar acá una novela, La historia de las panteras y algunos animales conversos, y no encontraste editor.
—Acá fue rechazada por todos. Me decían que el tema no interesaba. Salió en España y tuvo muy buenas críticas. Es lo que viví estando desaparecido, uno de mis temas más escabrosos, y acá en Argentina no se me considera porque soy puto.

¿Fuiste detenido por tu militancia en el Frente de Liberación Homosexual?
—Fue por la militancia allí, por haber sido periodista, por mis amistades, por el mundo que yo vivía, por ser un intelectual. Yo estaba en la lista negra.

¿Cuáles eran las actividades del FLH?
—En ese momento, estamos hablando del ’70, lo que queríamos era tratar de insertarnos en algún grupo político y empezar a tener participación. Había pasado Stonewall hacía poco, acá no había nada. El FLH fue el primer movimiento gay latinoamericano. Queríamos sacar una revista, buscar políticos que nos apoyaran, que se reconocieran nuestros derechos.

¿Y consiguieron apoyo?
—Era difícil. En el Partido Comunista nos dieron una oficina, donde decía “Prohibida la entrada” y los miembros del partido no podían entrar.

¡Era como encerrar en el placard a los del FLH!
—Claro. Casi todos los del FLH buscaban insertarse acá y allá, con uno y con otro, eso fue lo que me empezó a molestar, porque era como estar de rodillas. Cuando Perón echó a los montoneros de la plaza, estábamos allí. Habían dicho que nos dejaban marchar y cuando llegamos, todos se mantuvieron a tres metros de nosotros. Realmente no era una aceptación. Y después, Néstor Perlongher, que estaba siempre con la cosa de izquierda y llevaba todo al extremo, espantó a mucha gente.

¿Llevaba todo al extremo de qué manera?
—Se metía en la casa de una pareja de compañeros y la tomaba. Les decía que no tenían derecho a tener su casa. Un día uno le dijo: “Néstor, avisanos, porque nosotros tenemos nuestra vida también”. Y los echó de su propia casa y les pintó las paredes: “Chanchos burgueses”, “Decadentes”, cualquier cosa. Les rompió todo y se fue. Todo tenía que ser de todos. Con Jorge Alonso también, su casa era tomada no sólo para reuniones políticas sino también para fiestas, para culear y para lo que viniera. Hay fiestas que todavía recuerdo vívidamente.

¿Cómo eran?
—Te decían: “Desnudate o no entrás”. Y adentro era un cuarto oscuro, vos no sabías con quién estabas, te fumabas, te dabas con lo que querías, había todo tipo de drogas, en esa época la droga era muy pura. Y no sabías con quién habías tenido sexo ahí. Era una época anterior al sida, donde uno podía tener toda la libertad de todo.

¿Podés adelantarnos algo de las entrevistas a escritores gays en las que estás trabajando?
—Son videos que empecé a grabar en el ’89. Hice entrevistas con Hermes Villordo, Carlos Archidiácono, Abelardo Arias, Carlos Correas, Renato Pellegrini, Ernesto Schoo y José María Borghello, que escribió una de las novelas gays más maravillosas que hay en la Argentina, La plaza de los lirios. De Carlos Correas yo no sabía que iba a ser tan fundamental, que es lo que estamos trabajando más apurado ahora. Carlos Correas era una figura oscura, una figura totalmente tapada, medio olvidada por todos, si no hubiera sido así no sé si hubiera llegado al final que llegó. Y la entrevista es maravillosa. La cita Sebreli en sus memorias porque Correas habla de su romance con él: “Sebreli era mi novia de barrio, hacíamos zaguán con Sebreli, caminábamos por las calles de Constitución...” Una versión muy distinta de la que cuenta Sebreli, eso se va a hacer público en poco tiempo. Y me habló de cosas fascinantes, como del mundo del Parque Retiro, cosa que yo no tenía idea, de las travestis legendarias de esa época. Y me contaba cosas que el camarógrafo, cuando salimos, me decía: “La puta que lo parió, me tengo que ir a hacer una paja, me dejó recaliente. ¡Qué hijo de puta!”. Porque contó cosas muy privadas, muy buenas.

Claro, habría algunos más reservados...
—Sí, les costó mucho a todos, otro de los que se abrió fue Borghelo, fue un triunfo hacerle la entrevista y no sé cómo vamos a editarla porque falló el sonido. A cada rato decía: “Traeme un trago porque me muero, no puedo seguir sin tomar”, y después se hacía la loca, se hacía la Gloria Swanson: “¡Estoy lista, empiece a rodar, Mister DeMille!”.

OSVALDO SABINO ES AUTOR DE LA MAQUINA DEL PLACER Y EL JUGUETE EROTICO, ENTRE OTROS. PARA LEER MAS SOBRE SU OBRA: http://http://OSABINO1.HOMESTEAD.COM

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/soy/1-1117-2009-12-11.html
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martes, noviembre 24, 2009

Mi vida según Valientes

En una fiesta, mi amigo N escuchó a Marita Chambers y a dos locas letradas amigas hablar mal de los que miramos telenovelas. No sé qué pensarían de mí si se enteraran de que cuando salgo de dar clases, a las diez de la noche, me vengo volando a mi casa en un taxi, desesperado por llegar a ver Valientes, o si les dijera que la historia de mi novela El mendigo chupapijas –que las mencionadas arriba celebraron y cuya historia de amor del final Marita leyó desde Fragmentos de un discurso amoroso de Barthes– no es sino de inspiración telenovelesca.

Durante toda mi infancia y adolescencia, apenas regresaba del colegio encendía el televisor, que no apagaba hasta antes de irme a dormir. Además de los programas infantiles como El Chapulín Colorado, o las series como La Mujer Maravilla o La mujer biónica (personajes que, como muchas locas en sus primeros pasos, yo imitaba en los recreos), miré muchísimos teleteatros. El primero que recuerdo vívidamente es El gato, con Gabriela Gilli y Rodolfo Bebán, de quien, a mis siete años, estaba enamoradísimo: me apasionaba verlo treparse por el balcón de su amada, vestido de negro, con botas de montar y enmascarado; es muy probable que haya sido ésta mi primera experiencia fetichista leather.

Lo que me sucede con las telenovelas es que me meto en la trama a tal punto que el mundo de los personajes termina siendo el mío. Mientras miramos la novela, mi amigo N y yo nos mandamos mensajes de texto comentando las diferentes escenas o intentando adivinar lo que va a ocurrir.

Odio a Juana (Eleonora Wexler) y me gustaría meterme por la pantalla para darle un cachetazo; de los tres hermanos, Leo (Luciano Castro) y Enzo (Gonzalo Heredia) me parecen dos insoportables, y amo a Segundo (Mariano Martínez), que comenzó analfabeto y a lo largo de los capítulos va aprendiendo a leer y escribir. Para los que todavía no saben qué es un chongo, miren a Segundo: viene del campo, es mecánico, tiene lomo, habla mal y se come las eses, es romántico pero no empalagoso como su hermano Leo, es caballero, inocente y deja entrever su lado vulnerable por un ligero sentimiento de inferioridad respecto de los amigos de buena familia de Isabel (Marcela Kloosterboer), de quien está enamorado. Uno de estos amigos, Federico, fue hasta ahora el único personaje gay que apareció en la tira y parece haber sido incluido por dos capítulos solamente para tirarse un lance con él. Como si fuera poco, Segundo se metió en el mundo del catch bajo el nombre de “Vengador Anónimo”, enmascarado (como mi primer amor de telenovela) y con traje ajustado de lycra. ¿Podremos mirar también Valientes desde Barthes y su artículo sobre el catch? Uno de los momentos más lisérgicos de la tira es un sueño erótico de Isabel que, atada y a punto de ser apuñalada por un villano, es rescatada por el Vengador Anónimo, que entró por la ventana. Isabel se despierta ante los ojos de Segundo, que le pregunta: “¿Con quién soñabas?”.

Así, mirando telenovelas, se fue formando mi idea del amor y, a mi pesar, sigo esperando que un héroe aparezca por la ventana para rescatarme y llevarme con él.

Monólogo interior en Contramano

Estoy en la escalera para entrar a Contramano, pienso qué voy a tomar, el precio de la entrada es el de la consumición que pida, si pido una cerveza son cinco pesos, un fernet con coca, ocho pesos; un gin tonic, diez.

—¿Qué vas a tomar?

—Un gin tonic.

—Diez pesos.

Guardo los anteojos en un bolsillo de la campera, saco de otro el aerosol para los bronquios, me doy un puf y lo guardo. Dejo la campera en el guardarropas y camino entre la aglomeración de gente hasta la barra.

El gin tonic es mi último trago preferido. Nunca una bebida me había hecho perder el conocimiento, excepto una vez en París, cuando tuve mi único coma alcohólico. “¡Aay, Pablo! ¡Qué mal que andaba ‘ayee! ¡Andaba’ en cuatro patas!”, me dijo aquella vez Conchita cuando la Polaca me llevaba de la mano al lavadero automático donde yo trabajaba, de camino parábamos en cada bar a tomar una cerveza. En París, al menos en ese barrio, había como mínimo dos bares por cuadra. Yo estaba convencido de que era la tarde del día anterior, pero más tarde descubrí que era la mañana del día siguiente. Me había despertado desnudo después de un almuerzo en el departamento de la Polaca y Emilio, los dueños de la lavandería, una pareja gay: Emilio, filósofo, y la Polaca, hombre de negocios, que había vuelto de Polonia con varias botellas de vodka del Bisonte, la que viene con una brizna de hierba sumergida, una era para mí. “¡Toma vodka, Pablo! ¡Toma vodka!” Y Emilio me decía: “¡Toma vino, Pablo!”.

Ahora que lo pienso no fue ése mi primer coma alcohólico. Aquellas pérdidas del conocimiento en que no sabía, por ejemplo, cómo había regresado a mi casa la madrugada anterior, o cómo había llegado a tal o cual cama, fueron también comas alcohólicos. Y también las noches cuando con mi amigo Nico, después de dos o tres Trapax cada uno, íbamos a bailar a Bunker, donde nos encontrábamos con otros amigos, tomábamos gin tonic, cointreaux con vodka, cerveza... ¡Ahhh! ¡Gin tonic! Ahora me cierra todo. ¡Y mezclado con psicofármacos!

Entonces, ahora acabo no de descubrir sino de redescubrir el gin tonic. Ahora sin psicofármacos, en realidad hace mucho que sólo consumo drogas naturales, marihuana o cocaína, pero hoy ni siquiera fumé. Es una de las pocas veces que llego careta a una disco. El primer gin tonic me emborracha un poco, el segundo es el que mejor me pega, a partir del tercero casi siempre pierdo la conciencia y puedo llegar a hacer cualquier cosa. ¿Será el gin de acá, nacional, medio berreta, o es el gin en general, bueno o malo, el que me provoca este efecto? Se lo pregunté una vez a Raúl, que a veces va a las reuniones de Alcohólicos Anónimos, y me contestó que uno de los temas que hay que evitar entre alcohólicos es el de los tipos y marcas; entonces yo, para joderlo —en realidad se trata de un ejercicio de voluntad para él—, lo someto a mis descripciones y elogios del alcohol. A mi entender, el alcohol es muy importante en la vida, y que los alcohólicos no puedan tomar una copa de vino de vez en cuando me apena por ellos. Con Raúl intentamos un sistema según el cual yo le controlaba las copas que tomaba por noche; durante un buen tiempo funcionó, pero al poco tiempo siguió tomando alcohol solo después de que yo me iba de su casa y ahora está totalmente desbarrancado.

El barman me alcanza el gin tonic, siempre le pido mi trago al mismo, que me encanta, una picardía en la mirada que asoma sobre su nariz de boxeador, muy despierto, es más, creo que cualquier empleado trabajando de noche en una discoteca gay sabe un montón más de cosas sobre nosotros que nadie. Voy a bailar un rato. Todavía hay poca gente, es temprano, apenas la una de la mañana. Tomo un sorbo. Está fuerte, tiene poca agua tónica, es difícil de tomar, pero relajo la garganta y tomo un trago largo y fresco como una catarata.

Extraño a Alejandro, que ya no trabaja acá; ahora tengo puestos un jean y un buzo que me regaló cuando estábamos de novios. Físicamente me gustaba mucho y además se vestía casi siempre de cuero. Muy musculoso, con algo de panza.

Siempre encuentro una razón para terminar con alguien cuando no me gusta, pero también cuando me gusta. Soy un estúpido, Alejandro me gustaba. Sobre todo sentía una gran admiración por él, que estaba recuperándose de una grave lesión cerebro-vascular. La noche en que hablamos por primera vez me contó, con mucha dificultad para articular las palabras, que unos años atrás vivía en Londres, era contador y se entrenaba en fisicoculturismo. Le creí porque efectivamente tenía cuerpo de ex fisicoculturista. La lesión en el cerebro fue un accidente por exceso de anabólicos. Alejandro era un príncipe convertido en sapo, pensaba cada vez que lo veía pasando el secador por el piso en el baño del local, que a cada rato se inundaba. Esa noche lo esperé hasta que la disco cerrara y me llevó a su casa. En el dormitorio, sobre la cama, había una montaña de ositos de peluche. En esa época yo pensaba que solamente una loca —o una adolescente— podía tener semejante colección de peluches. Fue ahí cuando me di cuenta de que nuestra relación no iba a funcionar, duró poco más de un mes. Sin embargo, hasta la última vez que me lo encontré en la disco trabajando en el baño, nos seguimos besando y manoseando amistosamente. Ahora lo extraño...

“¡Un gin tonic, Dr. Pinchon!”, le digo mi barman amigo. El chiste le causa gracia y me lo festeja con una sonrisa. ¡Ahhh! ¡Qué divino es! No me gusta dejar propina en el vaso de la barra lleno de billetes de dos pesos, porque me sentiría como un viejo decadente que lo estuviera presionando para que me prepare el trago más fuerte o para que sea más amable de lo que ya es conmigo, pero esta vez no puedo evitarlo: cuando no me ve, le dejo un billete por todos los que no le dejé en casi diez años desde que vengo acá, desde el ‘95. ¡Más de diez años! En realidad, si fuera así, con la cantidad de veces que vine, tendría que haberle dejado uno o más billetes de cien pesos. Y si me viera dejárselos, pensaría que me lo quiero coger...

Voy otra vez a la pista. Una loca baila como loca, deja el vaso vacío en el piso al costado del espejo en el que se refleja, se mira, gira con los brazos abiertos. ¿Se sentirá linda? Huesuda, con los ojos saltones delineados, vestida como un bailarín de Rafaella Carrà, pero con el culo chato y caído. ¿No se da cuenta de que se ve ridícula? Lo más probable es que no le importe verse así, es una loca valiente. ¿Me tocará alguna vez dar un show tan lamentable? Ahora que lo pienso, papelones hice varios. La típica habitué... Acá tenemos habitués de todo tipo, en la escala que va de la loca más loca, gerontes y gerontófilos, barbudos y bigotudos, y sobre todo osos, muchos osos, de los fofos y de los musculosos, los osos son los que más levantan, claro, el lugar está lleno de cazadores. ¿Machos de verdad? Solamente los dos de seguridad y el bombero obligatorio después de la tragedia de Cromañón, un uniformado, lindo o feo, siempre calienta.

Otro habitué. Está siempre solo y usa anteojitos, tiene un aire intelectual. Muchas veces nuestras miradas se cruzaron, pero ninguno de los dos se acercaba al otro a conversar hasta que después de varios años de histeriquearnos se animó él. Fuimos a su casa y ahí pude ver la realidad de su vida. Cuando uno mira con deseo durante tantos años a una persona de la que no sabe nada, el encuentro con la realidad puede ser... ¿Puede ser qué? Muy difícil de explicarlo ahora. Igual estoy al pedo, solo con mi copa, pensando pelotudeces. ¿Por qué me cuesta tanto animarme a conversar con los tipos que me gustan? ¿Seré demasiado respetuoso o tendré miedo a ser rechazado? No sé... Ultimamente me animo un poco más, hablo con algunos, la mayoría de las veces son conversaciones tontas. Pero casi siempre estoy solo. Bueno, no es tan así. Me siento solo desde que se fue de casa mi ex... En realidad, lo nuestro nunca llegó a ser una pareja. ¿O sí? De todas maneras ya pasó. Hace menos de un mes intenté reanudar la relación, lo llamé y quedamos en que él me llamaría para que nos viéramos. Nunca llamó. Con él tuve mi primer intento de convivencia, lo conseguimos por unos diez meses y eso es algo que valoro mucho. Ahora la idea de enamorarme se me hace imposible.

Terminé el segundo gin tonic y sigo hablando conmigo mismo. La única frase a otro la digo cuando pido el ticket para un gin tonic en la caja y cuando se lo pido al barman, que se sonríe mientras me lo prepara, me lo da en un vaso largo y luminoso. El tercero. Y ahora digo, esta vez para mis adentros, ¡Doctor Pinchon! ¡Doctor Pinchon! ¡Salud! ¡Salud, dinero y amor! Le dedico mi brindis a mi amigo Raúl Escari, que a los gritos pide en el bar de Dr. Pinchon un Vaso Rebosante de Scotch.

¿Dónde estoy? En una cama. El sol entra por la ventana. A un costado veo una montaña de ositos de peluche tirados en el piso, y en la puerta aparece Alejandro, el sapo-príncipe, que con una sonrisa me trae el desayuno a la cama.

La guerra del cerdo. Diario de la gripe porcina

13/6. Viernes. Comienzo del fin de semana largo por el 20 de junio adelantado. Tengo tos, dificultad para respirar y 38.5 de temperatura. Entro en pánico y llamo a un médico de guardia. Atiende una voz antipática que cuando le explico mi cuadro me dice que no necesito un médico. Insisto: soy portador de HIV. Me contesta que si estoy medicado no hay problema. Lo pongo en jaque: hace seis meses que no tomo la triterapia. Mientras espero, preparo un bolso por si tengo que ser internado en un hospital.

En menos de una hora llega un médico joven. Mientras subimos por el ascensor, empiezo a contarle mis síntomas y él me grita asustado: “¡Hablá mirando para otro lado!”. Una vez en mi casa, después de auscultarme me pide alcohol para desinfectarse las manos, y el resto de la consulta la mantenemos a tres metros de distancia. No quiere tocar nada, ni siquiera los análisis de sangre de rutina que me hice una semana atrás. Antes de irse me dice: “Mirá, no sé si es gripe porcina o no, tendría que hacerte un hisopado, pero no vale la pena”; me receta Aseptobrón y un antibiótico como medida preventiva. Yo, feliz por el jarabe. Me parece un buen programa para el fin de semana largo: un buen jarabe, porro y televisión.

5/7. Domingo. Un par de semanas después, la gripe A H1N1 ya fue declarada pandémica y el país está en emergencia sanitaria. A pesar de las recomendaciones por parte de las autoridades de no asistir ni abrir lugares de concurrencia masiva, las discos, bares y clubes gays enviaron mails para anunciar el cronograma de actividades. Por mi parte, completamente recuperado de la gripe, decido ir a ver qué pasa en Contramano. La concurrencia es normal y la gente se saluda como siempre, a los besos. Así somos. Adherimos a varias de las medidas preventivas anunciadas que ya forman parte del folklore urbano, nos lavamos las manos con frecuencia, andamos con nuestra botellita de alcohol en gel (y algunos agregan al kit una crema hidratante porque el alcohol daña la piel), pero no podemos evitar nuestro saludo argentino, como si en realidad no creyéramos tanto en la gravedad de la pandemia. Es comprensible: la información en los medios es poco clara y a veces contradictoria. Los primeros casos se dieron en escolares de colegios privados, y ahora dicen que los principales grupos de riesgo son los jóvenes de entre 20 y 45 años, además de los hiperobesos. En años anteriores los índices de mortalidad por la gripe estacional eran iguales o mayores a los de este año por la gripe porcina, pero nunca antes se había declarado la emergencia sanitaria. No faltan las teorías conspirativas: unos dicen que la gripe es una cortina de humo para tapar otras cosas, como por ejemplo la crisis global; otros, que es el resultado de la ambición sin escrúpulos de los empresarios de la industria farmacéutica.

6/7. Lunes. Mi amigo Master M cumple años y decidió celebrarlo en el club leather que funciona en un sector privado del cine porno ABC. No hay nadie excepto nosotros; en el cine, en cambio, hay unas 20 personas. Suena lógico. En el club leather somos más chanchitos, el intercambio de fluidos es mayor, y son pocos los que se contentan con sólo la práctica del spanking o los latigazos, sin riesgo de contagio. M trajo una riquísima torta preparada por él y dos botellas de champán. Terminamos brindando en la barra M y yo, con D, el encargado, y su novia A. D nos prestó las copas que desinfectó con lavandina antes del brindis. Un rato después, antes de bajar a inspeccionar el cuarto oscuro, afino el oído para asegurarme de que no se oigan toses.

martes, agosto 19, 2008

martes, agosto 12, 2008

EL MENDIGO CHUPAPIJAS (backstage)

ENSAYO


Pablo Pérez (dirección) y Diego Ugalde (el mendigo)



Marcelo Ferreyra (José, el Astrólogo) y Jesus Navarro (Pablo)


Matías Pedraza (Amo Man in Boots)


Jesus Navarro



jueves, mayo 29, 2008

WALDO

Un cuento inédito de Alberto Goldenstein, maestro del misterio.

Mi peluquero, Waldo, es un cincuentón que emigró desde un pequeño pueblo al sur de Chile hace ya un par de décadas.

Conviven en él una melancolía que tiene algo de fatal, junto a un gran sentido del humor. A través del tiempo se desplegó entre nosotros una complicidad tácita que hace de mis sesiones de peluquería una rutina muy placentera.

Desde el principio me demostró un afecto que es casi como un amor liso y llano, excepto por el espejo que tercia en nuestras conversaciones. Por mi parte yo le retribuyo bajo la forma de una fidelidad absoluta: sólo él me corta el pelo.

En el local trabaja también Carlitos, su ayudante y pareja, un jovenzuelo flaco y desgarbado de muy pocas palabras, que lo acompaña desde hace unos años. Ambos parecerían ser náufragos a los que la buena fortuna unió para una salvación mutua.

En su peluquería unisex, sobria y prolija, suele poner una música muy particular. Podría clasificarse como románticos latinos de todos los tiempos: Estela Raval, Salvatore Adamo, Alejandro Sanz. A pesar de ello la atmósfera del lugar no resulta tan edulcorada como podría suponerse, es más bien familiar y relajada.

Esta vez fui a cortarme el pelo al mediodía. El local estaba sin clientes, ya próximo a cerrar para el almuerzo. Carlitos abrió la puerta, me saludó con un beso en la mejilla y desde el fondo avanzó Waldo con una sonrisa cálida. Sin hablar me señaló el sillón, me senté y me envolvió con el paño estampado.

Ayer pensaba en vos, hace rato que no venías.

Le comenté que había estado unos días en Mar del Plata por trabajo.

Luego de un largo silencio, y mientras avanzaba con el corte, comenzó a relatar:

—Siempre me acuerdo de algo que viví en Mar del Plata hace años, cuando era joven y hacía poco habia llegado de Chile. Era verano, estaba pasando unos días allí. Solia hacer larguísimas caminatas desde el centro hasta Punta Mogotes. Una tarde, en uno de esos paseos, me invadió una tristeza mientras pensaba: ¡qué solo estoy!. De pronto sentí que alguien me tomaba de atrás como abrazándome: traté de zafar en la certeza de que intentaban robarme una cadena de oro que llevaba en el cuello. Se trataba de un muchacho que me saludó y preguntó mi nombre. Le contesté “Waldo, pero no me abraces porque yo no te conozco”. Me preguntó si podía acompañarme y yo acepté. Él me hablaba todo el tiempo y yo solamente pensaba en cuáles serían sus verdaderas intenciones. Me contó que estaba con su padre y no me acuerdo qué más. En un momento nos acercamos a un grupo de gente que miraba unos payasos callejeros. “¿Vamos a ver los payasos?” me dijo. Nos sentamos en unos escalones y me tomó amorosamente del hombro. Era todo muy extraño para mí: él se reía con la actuación y me miraba, alternadamente. No parecía registrar nada más: solo a mí y a los payasos. Al cabo de un rato me propuso ir a un local de videojuegos. Pensé que lo que quería era que le pagara sus juegos. Fuimos, y en un momento se separó de mí y regresó con un puñado de fichas y dos vasos de gaseosa. Me dijo “tomá algunas para jugar y una gaseosa”. Yo estaba confundido y casi no podia disfrutar nada. Al cabo de un par de horas de estar allí me preguntó si podíamos ir a mi habitación del hotel. Ni loco, pensé, se me va con la valija y toda la ropa además de mi cadenita de oro.

Qué ridículo que puede llegar a ser uno, no? —agregué yo a esa altura de la historia—. Además, al fin y al cabo qué importancia tenía lo que se pudiera robar!

—Le dije que no podía llevarlo —continuó— que el conserje no lo permitiría. Me citó para el día siguiente en un lugar determinado. Toda la noche pensé en él, y por supuesto al otro día fui a la cita. No sé cuánto tiempo lo esperé pero él nunca apareció. Finalmente pensé si no habría sido un fantasma, una presencia sobrenatural que Dios me mandó cuando me sentía solo. El año pasado volví a Mar del Plata con Carlitos y pasé a mostrarle el local de videojuegos en el que había estado aquella vez. Nunca me olvidé de ese chico y de su imagen tomándome del hombro, mirando los payasos y riendo. Yo creo que los fantasmas pueden llegar a existir...¿vos?



http://agoldenstein.com.ar/

miércoles, marzo 26, 2008

La actualidad nacional en el chat gay

Ayer no leí los diarios, ni escuché radio AM, ni miré televisión. Me enteré de las noticias en la página de contactos gay G4me. Aquí va un recorte cronológicamente ordenado de las opiniones vertidas a propósito del cacerolazo que hace apenas unas horas se hizo escuchar en la Ciudad de Buenos Aires, y sobre todo en la Plaza de Mayo.
Cada texto iba acompañado de la foto — pija, culo, cara, cuerpo entero o torso, de hombre vestido o en bolas, haciendose la paja o cogiendo— correspondiente a cada participante. Decidí no incluirlas por respetar el anonimato de cada uno.
Lo que sigue son citas textuales, sin correcciones, que por azar quedaron guardadas en mis documentos con el título:

KRISTINA ESTÁ ACEITANDO EL HELICÓPTERO?

*Short Messages 4 Sexy Minds (el pez por la boca muere)


que estupidez mantrico65, si nos remontamos al pasado, es porque el pasado produjo el presente. O te pensas que todo es un dibujito de Disney, y el mundo es como es porque hay gente buena y gente mala?
Pablo27pas

Típico del argentino medio todos opinan, en lugar de estar detrás de la pc uds ¿hacen algo ? lokitas lindas.
Cuervo2008


cuanta razon thony,la misma estupidez de lo que no saben nada, los que hoy golpean cacerolas en plaza las heras son lo mismo que salieron con la bandera en la caida de isabel
chubby50


TENEMOS UNA CLASE POLÌTICA LAMENTABLE, PERO EL RESTO DE LA CLASE DIRIGENTE NO LE VA EN ZAGA (LA CUPULA ECLESIASTICA, LOS GRUPOS ECONOMICOS, LOS PSEUDOINTELECTUALES). TODOS NOS ROBAN CAPITAL, TANTO EL MATERIAL COMO EL SIMBOLICO. Y A LA GILADA DALE CIRCO...
Enygma00


estan todas muy contestatarias chicas... mejor vayamos a comprar ropa..........
queer30

ÉSTOS, que ahora hacen ESO son los mismo que salieron a la calle a hacer ESO contra ESTE.Maniquiesmo, que le dicen, ¿vio?
elcondeboby


buscando algo piola y ver que se da
xxx28

Ya llegaron los matones a sueldo de Delia, a apoyar a la "reina", je! que linda democracia tenemos...los q manifestamos espontáneamente y no tenemos el "ejercicio" del piquete, por un choripan y un plan "afanar" tenemos que huir...TRISTEZA SIN FIN!!
nikodemus


gordo, llegaron lo pobres ala plaza que horror
petisoactivo


Si la señora Presidente es Autoritaria, es porque aprendió mucho con su marido en Rio Gallegos, cuando eran los "enlaces de los militares con la sociedad civil" (SIC) . ¿Derechos Humanos? Bien, gracias
Elcondeboby



LLegaron los piqueteros de la sra k esos son los que le hacen el caldo gordo y los que alimentamos con nuestros impuestos esos son los que no laburan hoy habia gente comun como dije la q sta harta de q le metan la mano en el bolsillo basta ya
Unfuego28

Lo que fallan son los principios del pueblo, por que el gobierno no es mas que gente del pueblo...
varonpas

Hoy temprano, los reaccionarios de siempre fueron a Plaza de Mayo. Son los que en el 89, de la mano de neustadt/grondona hicieron una "plaza del sí" en apoyo de la bestia de Anillaco.Los de d'elía son una lamentable patota de alcahuetes.Un asco ..
horacioso

Se viene la lluvia! Todos al sobrecito! jejeje!Bueno, los que tengan con quién, háganlo, el resto nos quedamos por acá...
aftrap

yo voy a cacerolear y apoyar a la sociedad rural, a macri y los fachos, nada más para que se coman las palabras los putos reaccionarios cuándo vuelva el oscurantismo y la represión. Total me voy a UK en 2 meses.
Pas29

kristina está aceitando el helicoptero???????????????????'
dani22


Curioso: nadie,ni los chetos ni los piqueteros, marcha para defender a los maestros y profesores que cobran suledos de miseria...y hace mucho tiempo!
tourito


Hola gente!!Sigo con ganitas de mimos y cucharitas... Alguien por ahi para ver que podemos hacer? Hoy, mañana... cuando tengamos ganas y se dé...
johansebastian


Que lamentable que se defienda a este gobierno soberbio, despota y patotero Acaso la democracia no es dejar que todos se expresen? Siempre aparecen los lamepies como DÉlia a defender lo indefendible, quien paga la mobilizacion de sus patoteros?
husky

hay cacelorazos,paro de transportes ,desabastecimiento basta hagamos como protesta una buena orgia en el obelico y dejemos guazcasos de protesta en todas las paredes .POR EL LEMA COJE BIEN FIJANDOTE A QUIEN un buen pete para todos.
easy47


basta de batallas defendiendo intereses personales, hagamos el amor que a partir de ahi saldran cosas buenas, jaja
sandorman


primero los camioneros y luego los piqueteros porque no asen las cosa bien enlugar de emfrentar la gente ya no se acuerdan cuando les mando los milicos y la apoyan
alejandro03

La situación del campo es un EMERGENTE, que toda la población aprovecha ante tanto, AUTORITARISMO, NEGACION y VIOLENCIA SOCIAL, que ejercen los K y todo el grupete de "OLFAS" LAME CULOS, que sacan partido.
barepasivobakk


El anacronismo de argentina no deja de ser llamativo. veo el comienzo de una pelicula con imagenes propias de antaño. izquierda, derecha, oligarquia (dicen que soy facho ). Que pena un pais rico mal administrado. Dia complicado Mejor cojamos
Leandro32

Si porq la Sra k es una montonera resentida que habla de los derechos humanos y es una patotera se fue a aceitar el helicoptero. Lo bien que hace como llego la patota k (los piqueteros) la gente que quiere protestar se retiro
Unfuego28

los cipayos están resentidos y salieron a golpear ollitas...son pocos...
alfaguy1966

VUELVEN LAS CACEROLAS!! CHICAS LAVEN LAS ESSEN Y SALGAN!!A LA LUCHA A LA LUCHA NO SOMOS MACHAS PERO SOMOS MUCHAS!!!
cokejai

lamentable, pero necesario. Basta de piqueteros, de cara tapada...respeto a los laburantes/campo. Laburo de administrativo y me tienen los huevos llenos con impuestos. Afanan! Que los K declaren sus ganancias de 6 palos...hechos en epoca de desaparecidos!
alexis1961

A LAS SEÑORAS Y NIÑAS COQUETAS DE ESTE CHAT QUE DEFIENDEN AL CAMPO Y DEFIENDEN A LOS K, PORQUE NO SE UNEN A SUS RESPECTIVOS GRUPOS DE PIQUETEROS (DAMAS DE LA ALTA SOCIEDAD Y NEGROS DEL TERCER MUNDO) Y DEJAN ESTE LUGAR PARA LO QUE SE CREO PARA COJER
Mmaf1970


que verguenza lo que logro esta yegua, mando a delia a joder al pueblo real, el pueblo que trabaja.hija de puta
machopas42

aca estoy, solo para vos, me entrego a vos, me deseas? te espero, un beso donde te de mas placer y extasis
nutria salvaje

esa señora,es sencillamete una conchuda,malcojida,soberbia,autoritaria,adicta al botox,sin autocritica sin valores msin idoneidad y vive en una nube de pedos,que suerte que va a durar poco,
placerx2


Por Congreso... ¿Algún ACTIVO delgado, atlético ó musculoso?
josancal

"Los peronistas no son ni buenos ni malos, son incorregibles" Jorge Luis BorgesSiguen siendo fieles a sí mismos
hedonista


BESOS A TODOS LOS OSOS Y HOMBRES GRANDESSSS
Cazadordeoso


Sr D´ELIA...SR MOYANO...GRACIAS X LOS SERVICIOS PRESTADOS...(PASEN EL JUEVES A COBRAR)CRIS Y NESTOR.-
Deseo


NO al enfrentamientoSI al diálogoNo existen buenos ni malos
PROTECCION AL CAMPO Y A LA INDUSTRIA ARGENTINANUESTRO PAIS NO TERMINA EN LA AUTOPISTA GENERAL PAZ...EL INTERIOR TIENE EL MISMO DERECHO!!Gente por favor RELAX
Bangu

lunes, marzo 03, 2008

Confesiones

Tarde pero seguro. Acá van las Confesiones, a pedido de Rodrigo (a quien no puedo negarle nada)

CONFESIONES (Texto de Pablo Pérez publicado en Confesionario. Historia de mi vida privada /Compilado por Cecilia Szperling. Libros del Rojas. Buenos Aires,2006)

—¿Qué se confiesa?
— Se confiesan los pecados.
—¿Y qué es un pecado?
—Por un lado están los diez mandamientos, por el otro, los pecados capitales. Pero, ¿es lo mismo mentir que matar? Los pecados capitales, ¿no son los mismos que se cometen —además de cometerse en todo el mundo— sobre todo en el Vaticano y en la burguesía católica?
— Yo creo que la confesión sirve para expiar, exorcizar, exteriorizar el demonio que llevamos dentro.
—Otra forma es la del interrogatorio sadomasoquista. El esclavo debe confesar al Amo qué prácticas le gustan, sus fantasías, sus experiencias sexuales anteriores con otros Amos,, etc.
—También se confiesan las mentiras, los propios defectos, o lo que los otros consideran incorrecto o inmoral.
—Yo creo que contar intimidades es bueno para la literatura pero no en lo confesional.
—¡Mirala a ella! ¡Qué tupé!
—Uno confiesa aquello que considera lo peor de sí. A veces no lo peor, sino lo que considera vergonzante a la mirada de los otros, pero que puede llegar a considerar normal, e incluso bueno, como en mi caso sucede con la marihuana, creo que está muy injustamente penalizada. Me da bronca que algunos personajes famosos se hagan los sotas cuando se está hablando frente a ellos o ellos mismos hablan mal de la droga, cuando en realidad en su mayoría la consumen en sus diversas variantes y casi siempre de la mejor calidad posible.
—Para mí, la marihuana es una buena manera de comunicarme con Dios.

(Voces)

Vous avez encore une vingtaine d’années de jolies péchés à faire: n’y manquez pas, ensuite
vous vous en repentirez..

(Diderot)



Confieso que tengo Fe, aunque no sepa demasiado bien Fe en qué. Me siento una mezcla de dionisíaco, platónico, católico, evangelista, espiritista, budista zen, taoísta, hindú, judío, incluso una vez entregué mi alma al demonio y a veces creo que en verdad sí lo hice y que estoy sufriendo las consecuencias.

Confieso que muchas veces, antes de tomar una decisión importante, considero determinados preceptos de cualquiera de estas diferentes creencias e incluso de algunos libros de autoayuda.
Confieso también que creo que mi hermana Paula, que murió en 1992, es mi ángel de la guarda.

Nunca me confesé con un cura católico, porque desde los diez años fui a una iglesia evangelista. Cuando era chico quería ser misionero y participaba, en la Iglesia Evangélica Bautista de Constitución, de todas las actividades en las que podía, siempre con mucho entusiasmo. Hasta que me enteré de las internas de dos pastores que querían quedar al frente de la iglesia cada uno con sus seguidores y, por esto, entre otras cosas, me decepcioné de la religión. En general “la religión”, como la entienden sobre todo los católicos y otros cristianos, me parece decepcionante, lo que no quita que en muchos casos, me sirvan algunas enseñanzas de la Biblia, sobre todo del Nuevo Testamento, y otros libros sagrados.
En la iglesia evangelista, uno no se confiesa como en la iglesia católica, a solas con el cura, si no que da su testimonio en el púlpito, ante toda la grey, lo que me parece tal vez un poco mejor, más parecido a lo que estoy haciendo ahora. En general estos testimonios son del tipo “yo era un drogadicto y alcohólico, y maltrataba a mi mujer y a mis hijos hasta que Jesucristo entró a mi vida y me salvó”. Y todos aplauden y alaban al Señor. En mi caso, las confesiones son más bien “yo soy” que “yo era” y no sé si fui salvado o no. En todo caso, los que me salvaron y me ayudaron en los momentos difíciles de mi vida, fueron mis amigos, mi psicoanalista, mi médico, entre otras personas que, tal vez, me haya mandado Dios.

No sé bien qué pensar de la Biblia. Hasta ahora todo lo que está escrito es obra de los hombres. Por ejemplo, no entiendo bien el episodio en que Dios entrega a Moisés las Tablas de la Ley con los diez mandamientos. Los indios Selk’nam tenían rituales parecidos, se pintaban los cuerpos y así disfrazados bajaban de la montaña haciéndose pasar por extraterrestres que llegaban para dictar y hacer cumplir la ley.

A veces pienso en los diez mandamientos. Hace algunos años fantaseaba sobre qué diría si me confesara en un verdadero confesionario, con un cura cualquiera (de paso confieso que a veces me quedo hasta el final de la programación de Canal Siete para escuchar el mensaje del padre Farinello)

Respecto de los pecados capitales. A veces me siento avaro, a veces me enojo, a veces soy envidioso y orgulloso. Mis pecados capitales preferidos son la lujuria, la gula y la pereza. Me encanta el sexo, la buena mesa y dormir y no hacer nada en todo el día.

En cuanto a los diez mandamientos, creo que amo a Dios por sobre todas las cosas, aunque todavía no se quién es Dios.

Me siento más politeísta que monoteísta, pero también creo que hay algo así como un Padre Celestial, superior a todos.

Llevo una vida sexual licenciosa y no creo en la fidelidad, así que supongo que soy un adúltero. Siempre tuve parejas abiertas, algunas funcionaron, otras no.

Hace unos pocos años pude reconciliarme con mis padres, después de nueve años de terapia —a veces pienso que me gustaría retomar el psicoanálisis, pero me arrepiento enseguida— y trato de respetarlos lo más que puedo.

Sobre el mandamiento “No fabricareis ídolos ni los adoraréis”, me gustaría leer el original y saber a qué se refiere.

A veces miento sobre mí o sobre otros, por suerte bastante poco, no me gusta mentir porque una mentira lleva a la otra, y termina siendo todo un gran trabajo, pero sobre todo porque mi madre era mitómana. Por suerte ahora está mejor. Eso sí, cuando miento tengo que hacerlo por teléfono o a la distancia, porque me pongo colorado y me descubren enseguida.

A veces me sentí culpable de haberle contagiado el VIH a Claudio, un amante que murió en el hospital Ferrer. Ahí lo atendió mi médico, el doctor Rizzo. Fui a verlo varias veces al hospital y cuando se lo comenté me dijo que no sabía de quién se había contagiado, que no importaba y que si había sido yo, no tenía por qué sentirme culpable. Igual le pedí que me perdonara.

Cuando era chico intenté en varias oportunidades robar golosinas en un kiosco que estaba en la cuadra del cine Constitución. Pude hacerlo una sola vez, antes de ir a ver Bambi. Unos años más tarde, robaba cuando pasaba viajes en taxis y colectivos demás con los viáticos de la compañía de seguros donde trabajaba como cadete. Tenía alrededor de veinte años cuando, después de haber tomado un ácido, terminé la noche en la casa de un hombre que se quedó dormido por la borrachera y que en la puerta del dormitorio tenía pegado un cartel publicitario anti-drogas que me enojó, entonces le robé dos o tres cassettes horribles —uno era de Frank Zappa— que nunca pude escuchar y también le saqué plata de la billetera. En París robé monedas de las secadoras en el lavadero automático donde trabajaba y del “bote” cuando trabajaba como camarero en un restaurant, en Madrid. Seguramente me olvido de algunos otros robos menores.

Por lo general no me gustan las mujeres y mucho menos me metería con la mujer de otro. Una vez, en un vernissage en el museo Boijman de Rotterdam, quise seducir a la mujer del director del museo, pero yo estaba borracho y además no sabía que se trataba de una mujer casada. Apenas me enteré de esto, traté de arreglar la situación confesándole que era gay y le pregunté si no tenía algún amigo para presentarme. Ella me presentó a un hermoso conocido suyo que se ofreció a llevarme de recorrida por los bares. Yo estaba tan borracho que no pude seguirlo.

Por lo general trato de no decir nada en vano, aunque a veces no puedo evitarlo.

No se qué es santificar las fiestas. Siempre que lo recuerdo, entrego mi vida a Dios, aunque no sepa qué o quién es.

También creo en las palabras de Mme. Bonnot —una sanadora que conocí en París y que me hizo varias veces imposición de manos. Ella me dijo que no tenía que sentirme culpable de nada, y trato de que así sea. Me dijo también que yo tenía el don de la escritura automática y que me invitarían a diferentes ciudades del mundo. Cuando me acuerdo de ella digo la oración que me enseñó, “Je veux être dans la lumière avec Claude Bonnot”.

Frases preferidas. Del Bushido (camino del guerrero): “Al enemigo no se lo nombra”, “El guerrero actúa como si ya estuviera muerto”. De la Biblia: “Que no se ponga el sol sobre vuestro enojo”, “Mirad las aves del cielo, que no siempre siembran, ni siegan, ni guardan en graneros, y vuestro Padre Celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?” La idea equivalente a la de este versículo bíblico, aparece también en el budismo: “Los seres humanos somos como las vacas. Solo estamos aquí para dormir, comer y cagar” (Sogyal Rimpoché, Libro tibetano de la vida y de la muerte). Me gustan también el "Sermón del monte" y el "Padrenuestro". Del hinduismo canto algunas mañanas: “Om / Asato Maa Sadgamaya/ Tamaso Maa Jyotir Gamaya / Mrityor Maa Amrtam Gamaya/ Om/ Shaantih Shaantih Shaantih (Oh, Señor, por favor, guíame de lo irreal a lo real, de la oscuridad a la luz, de la muerte a la vida) Es un mantra del Brihadaranyaka Upanishad que está en el disco Cantos de la India de Ravi Shankar. Me lo prestó mi amigo Raúl Escari y, confieso, me cuesta mucho devolvérselo —descubrí la versión tecno de este mantra al final de Matrix II. Del I Ching: “Si se te escapa un caballo, no corras tras él”. Del Aikido: “Si te caes siete veces levántate ocho”.

Confieso que estoy tomando vino y fumando una excelente marihuana mientras escribo estos papeles manuscritos. Estoy en trance.

Confieso que por ser escritor de poca obra (Daniel Link rechazó a una alumna su monografía sobre la obra completa de Pablo Pérez. “La obra completa de Pablo Pérez no existe”, le dijo) me propuse escribir para esta ocasión un texto nuevo. Estoy tratando de terminar de escribir tres cuentos y corrigiendo El mendigo chupapijas. Todo me cuesta muchísimo. ¿Por qué escribo? Es algo que podría tranquilamente no hacer, dedicarme a otro trabajo. Pero no se hacer ninguna otra cosa.
Creo que la literatura es un oficio para vanidosos. Lo peor es que sé que lo soy. Con estas palabras queda claro que lo soy. Preferiría no serlo. Tal vez muchos de los escritores que dejaron de escribir lo hayan hecho por no caer en la vanidad. Pero también pienso que así como nos gusta leer, a alguien debería gustarle escribir. ¿Por qué a mí?

Confieso que empecé a escribir porque era una opción económica. Cuando era chico quería tocar el piano, pero mis padres nunca pudieron pagarme las clases y mucho menos comprarme el instrumento.
A los dieciséis años pude pagar un Taller de Cuento en el IFT, en Boulogne sur Mer y Corrientes, con el dinero que ahorraba en colectivo porque iba caminando a la escuela. El taller lo daba Susana Silvestre —tuve una vez la oportunidad de tomar un café con ella y con su maestro Abelardo Castillo en La esquina de León Paley, pero yo apenas sabía quién era Abelardo Castillo y estaba tan emocionado que no recuerdo nada de la conversación. Al poco tiempo empecé a ir al taller que Susana Silvestre daba en su casa, todos los martes. Susana fue una gran maestra, muy generosa con sus alumnos, de ella aprendí el oficio de escribir y el de enseñar. (Lo referente a ella fue revisado y ampliado el 20 de marzo de 2008, unos días despues de su fallecimiento (q.e.p.d)) En tres años escribí unos pocos cuentos que perdí en un asalto a mano armada en la escalera mecánica de la estación de subte Independencia, línea E. El ladrón disparó contra un escalón y le di el bolso y una gorra de cuero que me había comprado haciendo juego. Seguro que pensó que estaba asaltando a un turista y se llevó un morral lleno de cuentos de principiante (¡por suerte se los llevó!).
Una vez, llevé al taller un cuento, el único que hoy conservo de aquella época porque lo escribí después del robo, sobre mi primer encuentro sexual fetichista sadomasoquista —todavía no sabía que iba a ser mi tema preferido— con un inglés que me había llevado a su negocio de artículos de deportes. La historia transcurría en el baño del local. El inglés me dio una camisa leñadora y me indicó que golpeara la puerta y entrara abruptamente, que ahí lo iba a encontrar pajeándose sentado en el borde de la bañadera. Yo tenía que gritarle “¡Puta! ¿Siempre te encuentro haciéndote la paja?”. Y pegarle piñas y cachetazos. De pronto empezó a sangrarle la nariz… Recibí de mis compañeros unas críticas durísimas que comparaban la historia de mi cuento con las torturas de la última dictadura militar. Ya estábamos en el año 83. De todas maneras ya sentía que después de tres años ya había aprendido todo lo que podía aprender en aquel taller. A los dieciocho años me sentía un incomprendido. Dejé de escribir cuentos y empecé a escribir poemas.
Por entonces conocí a Arturo Carrera en Soviet, una disco que quedaba en Viamonte y Suipacha. Me lo presentaron mi amigo Nicolás Gelormini y Pablo Dreizik. “Arturo es uno de los mejores poetas de la Argentina”, me dijeron. Me acerque a él, que lo primero que hizo fue elogiarme la vestimenta. Creo que es por eso que hoy recuerdo exactamente cómo estaba vestido esa noche, con una remera ballenera blanca, bombachas de gaucho color beige y borseguíes negros. Esa noche nos hicimos amigos y más adelante me enseñaría mucho y me ayudaría a escribir un libro —que ahora me parece malísimo— Yo era un feto, peor que los “poemas malos” de Daniel Link, que leyó me llamaba “feto” cada vez que nos encontrábamos hasta que publiqué “Un año sin amor”. Fue Severo Sarduy el que me había alentado a que terminara una plaquette con esos poemas malos que, según él, eran como las “vanidades del siglo XVII”. Confieso que traté de averiguar qué son dichas “vanidades” y sigo sin saberlo. Ahora pienso que tal vez hayan sido un invento de Severo Sarduy. Dicho sea de paso, confieso que la noche que lo conocí, en su departamento de Montparnasse, me pidió que lo cagara en el pecho y lo intenté, pero no pude. Después tuve un sueño erótico con él.

Confieso que para escribir esto estoy usando el método de “ los dos minutos” y el de la “mano que no para”, para ver si puedo escribir con el hemisferio derecho (después agregué y corregí).

Confieso que cada vez que no me decido a escribir, es porque me asalta un dilema moral.

Confieso que me da terror la idea de llegar a publicar un mal libro. Sobre todo cuando no es necesario.

Confieso que ahora estoy tratando de escribir con letra caligráfica, jugando a perder la personalidad y a hacer una caligrafía “standart”, porque pienso que concentrándome en la caligrafía podría olvidarme de mí y escribir automáticamente, como me vaticino Mme. Bonnot que lo haría.

Confieso que a veces siento que es otro, un espíritu, el que escribe a través de mí y no yo, algo, por cierto, difícil de comprobar. Por si acaso, mientras escribo esto —a mano porque no funciona la impresora que por algún capricho no se deja encender—, tengo llenas dos copas de vino con las que brindo, tomo un poco de una y otra copa y trago todo junto, en honor a mi supuesto acompañante.

Confieso que tengo pensamientos precarios, por ejemplo, que a veces pienso por qué los que quieren guerra no se agarran y se matan entre ellos de una vez, o que odio a los hipócritas millonarios que no se dan cuenta de que hasta que no repartan un poco más equitativamente la riqueza vamos a vivir todos en un infierno. Que envidio a los que mueren sin sufrimiento y pienso también que si el más allá existe, entonces no nos morimos y que si no existe, no nos damos cuenta de que ya estamos muertos. En definitiva, que los que sufrimos somos los que seguimos viviendo de no ser que exista el infierno, aunque creo que ya estamos en el infierno y que va a ser todo cada vez peor por mucho tiempo más. Ya perdí las esperanzas de ver florecer una nueva Edad de Oro. Creo que si alguien me diera la opción entre vivir y morir elegiría morir.

Algunas confesiones menores son que a veces hablo solo en voz alta por la calle y que cuando nadie me ve me gusta meterme los dedos en la nariz y disfruto tirando de los mocos largos consistencia blanda y gomosa.

Confieso que mi canal preferido es Canal 7.

Confieso, también, que algunos personajes retrógrados me irritan. O. Q., por ejemplo, cuando criticó la muestra fotográfica y literaria de Sebastián Freire y Daniel Link, Diario de reciencasado, argumentando “baja calidad” cuando en realidad lo que no soporta es la temática gay. Confieso durante un tiempo pensé que Q. era gay y me calentaba, hasta que un día, en uno de sus programas, enfatizó que era casado y menciono a sus hijas. Me sentí decepcionado, pero no tanto como ahora, después de sus ridículos argumentos contra Link y Freire; creo que todavía está a tiempo de recuperarse de esa idea tan cerrada que tiene de la cultura en “su refugio”.

Confieso que me pareció ridículo que la Real Academia Española introdujera la palabra “yin” como alternativa a “jean” en el diccionario.

Confieso que leí y disfrute las columnas de Murena en Sur y que a veces trato de imitarlo. Empece un weblog con esa intención, Ego puto in orto meo, pero me da pereza escribirlo y lo tengo abandonado.

Confieso que tengo una teoría tonta. Que María Moreno eligió su seudónimo con las iniciales M. M. porque a veces se siente como Marilyn Monroe. Se me ocurrió cuando la vi en una foto en Página 12, recostada como una diva, con unos sugerentes zapatos rojos y medias de red. Nunca me acordé de preguntárselo para confirmarlo. Tal vez piense en esto ahora porque me acordé de una amiga de mi mamá, que para su carrera de actriz se puso Mercedes Montes, para también tener las iniciales de Marilyn; o tal vez porque más arriba menciono a Murena.

Confieso que me gusta decir guasadas solo por desprecio a la “cultura” (como la entiende, por ejemplo, O. Q.) y que si no las dijera ahora, que justamente se trata de hacer confesiones, me sentiría un cobarde. Como si después de haber tirado una piedra, estuviera escondiendo la mano.

Confieso que me gusta lamer cuero y botas, la lluvia blanca, la lluvia dorada (me va casi todo menos la mierda, los vómitos y la sangre). Me gusta que me aten y que me den latigazos en la espalda y el culo y golpes de puño en el estómago. También me gusta el juego con cigarros y el control de respiración, entre otras prácticas del sadomasoquismo leather. Pero sobre todo, confieso que lo que más me gusta es la pija y que por mi culo ya pasaron kilómetros.

Confieso que soy yo el esclavo enmascarado que aparece en el cepo con chaps de cuero y botas de montar, recibiendo los fustazos del Amo Man in Boots, en una emisión de Ser Urbano de noviembre de 2004 sobre sexo leather y sadomasoquismo —de paso confieso que me pareció una truchada el montaje de Gastón Paul, que no estaba ahí cuando hicimos la escena, observándonos con cara de asombro.

Confieso que hay algunos pasajes de mi novela Un año sin amor que no son verdad (cuando se supone que se trata de una novela autobiográfica), por ejemplo cuando cuento que en un bar leather de París, alguien me quema la ingle con la brasa de un cigarrillo.
Confieso que alguna vez fumé colillas de cigarrillos que encontraba tiradas en la calle, pero que nunca podré —al menos eso creo— ser tan asqueroso como Divine al final de Pink Flamingos, cuando come caca de perro verdadera, humeante, recién cagada por un caniche blanco.

Confieso que a veces juego con Clemente, lo hago bailar y hasta converso con él. Clemente es un muñequito con llavero. La cabeza, de monito, es una pelotita de telgopor recubierta de peluche marrón claro con la cara y el hocico de pañolenci rosado. Los ojos son dos mostacillas negras, la nariz, un puntito de tela rojo, y la boca una costura negra. El cuerpo es un resorte enfundado también en peluche, al igual que los dos pies. Sabe bailar y tiene la mirada contemplativa y dulce. Confieso que Clemente es mi hijo. Se lo compré a un puestero del Once porque apenas lo vi me pareció que era igual a Rodrigo, un viejo amante, y se me ocurrió regalárselo. Rodrigo se la pasaba durmiendo, y cuando yo me aburría y quería que se despertara, me acercaba a la cama y tomando a Clemente por la cadenita del llavero, lo hacía bailar sobre él. Fue idea de él ponerle el nombre de Clemente, porque no tiene manos, como el personaje de Caloi, y fue también idea de él decir que Clemente era nuestro hijo. Como vivíamos cada uno en su casa, Clemente se iba a veces con él y a veces se quedaba conmigo. En realidad debo confesar no sólo que Clemente es mi hijo, sino que además, a mí me tocó ser la madre. Rodrigo no se lo llevó cuando dejamos de vernos. Así que ahora, mientras escribo, Clemente está en mi escritorio, sentado sobre un cascote que uso como pisapapeles, observándome. Está aburrido. Pongo Metrodance, lo agarro del llavero y lo hago bailar.

Cito otro precepto cristiano que acabo de escuchar decir al Padre Farinello y que encuentro muy oportuno como palabras finales: “La misma vara que utilices para medir a tu Hermano, Dios la usará para medirte a ti”.

Confieso que hoy, 7 de octubre —cuando estoy tratando de darle fin a esto—, es el aniversario de la muerte de mi hermana Paula. Y que estoy llorando de desconsuelo y felicidad al mismo tiempo. De desconsuelo porque murió y de felicidad porque me está acompañando. Por eso otra vez brindo con dos copas y le dedico estas confesiones a ella.

Se impone una más. Cuando inicié la impresión de estas confesiones, empezaron a aparecer signos extraños. En la primera hoja, sobre el margen superior izquierdo se lee “DHP”, lo que interpreté como “hijo de puta”. Más adelante, después de páginas y páginas de números y letras sin sentido aparente, picas, tréboles, signos pesos, corazones y otros signos, se lee en otra hoja “PD”, lo que interpreté como la forma abreviada de escribir “puto” en francés. Confieso que creí que se trataba de algún espíritu que trataba de comunicarse a través de la impresora, con alguna dificultad que le impedía escribir un texto legible, y por eso decidí no interrumpir la impresión pensando que tal vez llegaría a articular algo con sentido, o que más adelante podría decodificar. Se imprimieron muchas hojas, cada una con un breve y extraño mensaje. Hasta que las hojas se me acabaron…
Más tarde me di cuenta de que la impresora estaba mal programada, entonces traté de relativizar todo y calmarme, pero aún sigo pensando que tal vez se trate de un mensaje del más allá.

lunes, marzo 14, 2005

Drogas

Debido a la escasez de marihuana, los porteños se están inclinando hacia un mayor consumo de cocaína. Fuentes periodísticas confirman que en Buenos Aires hay varados alrededor de cinco mil kilos de “blanca”, a causa del escándalo de las valijas SW. Cuando le comenté a mi amigo R E que estaba muy contento por poder ir a la fiesta de cumpleaños de R, intentó de persuadirme de que no me tentara de tomar “ninguna raya”. “¡Con qué autoridad me decís eso!”, le contesté. Entonces le expliqué la teoría de que mis pólipos nasales desaparecieron gracias a la cocaína. ¡¿Acaso la cocaína no destruye las mucosas?! Hasta que nadie me pruebe lo contrario, considero esto un hallazgo médico, solamente por el hecho de la comprobación empírica, in corpore. Me daré por vencido cuando aparezca alguien que pueda comprobarme que toma cocaína con cierta regularidad y que no obstante tiene pólipos nasales. Existe otra tesis posible y es que la curación a esta afección ORL que padecí (puedo comprobar que ya no) se deba en realidad a el tratamiento homeopático con el que sigo desde hace ocho años, o al tratamiento con corticoides que sigo también desde el año ‘96.
No soy un consumidor habitual de cocaína (podría pasar una rinoscopía, sin que aparezcan rastros), pero de vez en cuando me gusta tomar en las fiestas, cuando hay, una o dos rayas para poder tomar alcohol y fumar marihuana, sin sentir cansancio. A veces puedo seguir de largo y tomar lo que me queda de un “papel” (alrededor de 1gr) durante el día siguiente, y me gusta ese estado melancólico, triste y despabilado, quedar frágil a la emoción del “bajón”, sin haber dormido en toda la noche. Durante el día puedo ver películas, tomar cerveza, o ir a caminar por algún parque. Tengo la suerte de que las drogas no me generen adicción. Probé variadas drogas y la que consumo habitualmente es la marihuana, a mi entender injustamente penalizada. La peor droga de todas, y la adicción más difícil de superar es el tabaco. Esto lo aprendí del genial William Burroughs, que pasó victorioso por todo tipo de experiencias con las drogas e incluso superó la adicción a la heroína y, no obstante, en su vejez tenía un porte envidiable, como puede comprobarse en la foto de Martine Barrat, en la que podemos verlo en un balcón de París, junto al joven Raúl Escari, armando un joint.



Raúl Escari y W. Burroughs armando un joint. Copyright by Martine Barrat

A full

R E tenía razón: sucumbí a la tentación más de una vez. La fiesta de R estuvo fantástica. La música excelente. No faltó nada. No pude haber tenido mejor idea para pasar agradablemente el “bajon de merca”, que a la salida de la fiesta, alrededor de las siete de la mañana, ir al sauna A full y quedarme ahí todo el domingo. Un lugar fuera de serie donde se puede descansar, tomar baños de vapor, hidromasajes, ver lindos chicos ataviados con un paño mínimo atado a la cintura, tener algún encuentro sexual y/o encontrar novio, amante o masajista. Cabinas privadas con camilla, gimnasio, un buen servicio de bar, limpieza y, sobre todo, muy buen trato de los empleados.

jueves, marzo 10, 2005

Carlos Strione

Una grata sorpresa: acabo de recibir un e mail de Carlos Strione que transcribo a continuación:

"Gracias por tu comentario sobre mi tarea profesional en Hora Clave. Pequeña corrección: No soy tan careta, no estaba engominado y bailo muy bien.
Saludos.
PD: Me hubiera gustado dejar este comentario en el foro..."

Me gusta creer que sea Carlos Strione de verdad, aunque no descarto la posibilidad de que haya sido algún gracioso que, con la intención de crearme falsas ilusiones, hubiera creado una falsa dirección de e-mail y para enviarme el mensaje.

Como sea, le pido disculpas públicamente a Carlos por haber dicho de él que era careta, que estaba engominado y que probablemente no supiera bailar. También le pedí una foto autografiada que ojalá se digne a enviarme, sobre todo para mostrarle a los lectores de Ego puto... lo lindo que es.

lunes, marzo 07, 2005

Contramano

Sábado por la noche. Desde la tragedia de Cromañon cerraron todas las discotecas. Me siento encerrado en mi casa sin saber adónde ir. Además escasea la marihuana, y corren rumores de que el precio se cuadruplicará: nadie tiene qué fumar. La situación es desesperante. Nunca soporté estar más de media hora en pubs como Sitges o Bach bar, me resultan insufribles. Tampoco tengo ganas de ir a un lugar donde buscar sexo express.
Mi lugar favorito es Contramano y, en medio de la desesperación, se me ocurre llamar por teléfono al dueño, José, para averiguar si finalmente pudo reabrir el lugar o no. Y ahí me entero de la triste noticia: Contramano cerró definitivamente. José me contó que todos los papeles estaban en regla, hasta que llegó una nueva medida para las discotecas, según la cual el lugar debería tener un tanque de agua de como mínimo 10.000 litros. La estructura del local no soportaría semejante peso.
Contramano, desde hace 21 años, es uno de los lugares emblemáticos de la noche gay porteña. Cabe recordar que Buenos Aires, antes de la tragedia de Cromañon (a. de.C), era la meca gay de latinoamérica por la cantidad y variedad de discos, bares y lugares de acción de los cuales muchos ahora están desapareciendo y que deberán desaparecer en las próximas ediciones de la célebre guía gay Spartacus.
Contramano era mi discoteca favorita porque funcionaba como club, una disco en donde además de bailar, podía tomar un trago a gusto y encontrarme tal vez con algún conocido. Solía ir los domingos ver el shows transformista de la Barros, junto a Eduardo Solá, entre otras divas que desde ahora deberán encontrar nuevos circuitos. El cierre no los perjudica solamente a ellos, sino también a los diez empleados que quedaron sin trabajo tras el cierre definitivo del lugar. “Me quedé con 4 empleados, porque no descarto poder volver a abrir Contramano como pub--me comenta Jose. También tenemos la opción de reabrir en otro local, pero como todavía no sabemos cuáles son los requisitos definitivos para poder abrir una discoteca, no podemos elegir: si llegamos a conseguir un lugar que por tal o cual medida después no pueda ser habilitado… La verdad es que me sentí durante todo este tiempo muy manoseado, todas las idas y venidas de inspectores y cambios de último momento para obtener la habilitación fueron un proceso kafkiano”.
Le expresé a José mi tristeza y le pregunté adónde saldría él una noche como hoy, sin Contramano ni otra disco gay, cuando las opciones son tan pocas. “Qué se yo…A un cine porno, no sé… Te digo la verdad, unos amigos vienen en un rato a buscarme para que vayamos a ver una película al cine. Esta es mi primera noche desde que cerramos Contramano. A veces me gusta la idea de comenzar todo de cero y me pongo eufórico. También me ponen eufórico los mensajes que me deja la gente en la página web. Pero también me deprimo y siento mucho dolor ¡Fueron 21 años!

Muchos años. Recuerdo que cuando comenzaba el gobierno de Alfonsín, Contramano (en Rodríguez Peña y Santa Fe) fue una de las primeras discos en abrir, junto a la memorable Old Bricks (en Las Heras y Pueyrredón). Para los más jóvenes –yo tenía 18 años-- era la discoteca de “las bigotudas” y yo nunca me imaginaba que a mis 38, ahora que tengo barba y bigotes, ese iba a ser mi lugar y que tendría que reírme de las ocurrencias de los mas jóvenes que lo definieron en no recuerdo cuál revista, como “Asociación Madres y Abuelas de la Av. Santa Fe”. También me siento perdido, no tanto como José, pero muy perdido. Todavía no encontré un lugar al que poder ir a tomar una copa por las noches.

Mientras pienso en las posibilidades se me ocurre llamar por teléfono a Daniel Link, para ver si sabe de algún lugar interesante. “Estamos viendo la Fiesta de la Vendimia", me dice y cuando terminamos de hablar, decido encender el televisor y poner canal 7. Fue un gran consejo, independientemente de la opinión de D L, porque inevitablemente, cada vez que veo bailar danzas folklóricas lloro de emoción, sea chamamé, zamba, cueca o pericón. Aproveché a llorar por todo, por Contramano, por la triste noche porteña, por la escasez de marihuana y por sentirme solo. Más tranquilo, después de desagotar todo el llanto acumulado decido a ir a conocer el nuevo pub 90º. Las otras opciónes para ir de levante son los cines porno o los backrooms, el sauna, pero no quiero sexo express, solamente ¡quiero tomar un gin tonic, por ahí! Los pubs, todos horribles, nunca soporté estar mas de media hora en lugares como Sitges, Bach Bar.

90º

Desde la entrada me siento decepcionado. Una entrada única para el nuevo pub y el viejo Tom’s (donde se realizaban, a. de C. (antes de Cromañon) los felices encuentros del famoso Fierro Leather, al que pertenezco y que sigue hasta hoy a la deriva d. de C.). El bar resulta ser un pobre apéndice de Tom’s. Cuadrado, frío, sin ventilación, lleno de humo y olor a cigarrillo. Pedir un ticket para tomar algo requiere de mucha paciencia, hay que hacer una fila de diez o quince personas. La sensación, asfixiante; por lo cual uno termina en el aledaño Tom’s, que si bien desde sus comienzos se caracterizó por su higiene, ahora está muy sucio, con acabadas en el piso de los laberintos y en las cabinas privadas, bollitos de papel higienico y pañuelos de papel usados para la precaria limpieza post eyaculación. Un calor asfixiante que nos hace transpirar y nos convierte en diferentes especies de monstruo del pantano.

Hora Clave 2005

Hora Clave 2005

Domingo a la noche. Tampoco sé que hacer. Enciendo el televisor y veo "Hora Clave". Me gusta oír hablar a la intrépida Lilita Carrió sobre la salida del default y el caso SW. Lo que cada vez me gusta menos es que parezca tan amiga de Grondona y que nunca choquen sus opiniones. La verdad es que no entiendo. También es de temer que uno de los invitados haya sido el globalizado pastor evangelista Luis Palau. El programa está teniendo un transfondo religioso que no se entiende bien hacia dónde va. Aparentemente, se nos está pidiendo "fe" en que Cristo nos salvará de todos los problemas del país y si bien tengo mi corazoncito cristiano, creo que la asociación entre estos dos personajes es de temer. En todo caso, Grondona ya supo quedar como un dinosaurio en uno de sus últimos programas del año pasado en el cual se habló del nuevo proyecto de educación sexual en las escuelas, cuando se lanzó hasta contra la masturbación.
Lo único lindo en el programa es el productor Carlos Strione, que presentó su informe sobre la ciudad peruana de Tacna y el tráfico de drogas. Tan careta, trajeado y engominado, con esos labios carnosos, ojos y pelo negro... Tan serio y tan tímido a la vez, una preciosura. Creo que podría llenar todos los requisitos que según Kiwi debe tener el hombre ideal. Hasta se nota que no sabe bailar.