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martes, febrero 08, 2011

Trencito de año nuevo

La Masa invitó a L a pasar el Año Nuevo y a quedarse hasta el domingo en su casa de Pablo Nogués. Ya consideraba a L como su mejor amigo y quería que pasaran el Fin de Año juntos; tanto sus hermanos como su mujer y sus hijos (que ya lo llamaban tío) lo consideraban de la familia. La propuesta de La Masa era que, una vez disipada la resaca por los festejos, practicaran un poco de lucha. El lugar de entrenamiento era un galponcito al fondo, equipado con aparatos, mancuernas, colchonetas y ventilador de techo.

 “Este es mi gimnasio, ponete cómodo. Trabo la puerta, así no entran a joder los pibes”, dijo LM y se sacó el jogging; abajo tenía un short de lycra. L veía por primera vez el bulto de su compañero de trabajo, que era todavía más dotado que él. “¿No tenés ropa más cómoda?”, preguntó La Masa. “¿Vos decís que me saque las bermudas y me quede en slip?”, preguntó L, confundido. “¡Claro! Tranquilo, macho, que vamos solamente a luchar”, dijo La Masa.

 L estuvo excitado durante todo el tiempo que duró el forcejeo. La Masa era como los hombres que se representaba mentalmente para pajearse, y ahora estaban los dos solos, cuerpo contra cuerpo, sometiéndose sobre una colchoneta... Estaba distraído pensando en esto cuando La Masa se le sentó en la cara, que quedó inmovilizada entre su culo y la colchoneta, lo agarró de las piernas y lo trabó haciendo palanca. L aguantó lo más que pudo para disfrutar de ese momento que, sin darse cuenta, tanto había ansiado, hasta que sintió que se ahogaba y golpeó varias veces la colchoneta para darse por vencido. “Bien, macho. Aguantaste muy bien. Con un poco más de entrenamiento vamos a estar más parejos. Vamos a la cocina a buscar algo para tomar”, dijo La Masa, emocionado porque había encontrado un compinche como hacía tiempo no encontraba desde que el sida se llevó a su mejor amigo en la adolescencia.

 Cuando llegaron a la cocina, La Loba y V, la mujer de La Masa, estaban besándose. “¡Qué rápido acabaron! –dijo en joda La Loba–. Acérquense, Q ya se llevó a los chicos a pasear.” La Masa tomó de la cintura por atrás a su mujer, y ella se inclinó a chuparle la pija a La Loba. L los miraba paralizado, no entendía nada; perturbado, repasó mentalmente la situación: LM decía que era hétero, pero acababa de asfixiarlo con su orto; V, hasta ahora, no había sido más que una madre de familia; La Loba, hermana travesti de LM, le había chupado la pija magistralmente una vez y, según le había dicho, era seropositiva. Los tres le estaban proponiendo enfiestarse. Si La Loba era seropositiva y lo estaban invitando a él... ¿estaba todo bien?, ¿habría sido todo planeado? Había oído hablar de incesto, y no le parecía tan raro que entre dos hermanos se cogieran una mina, pero en este caso la mina era la esposa y madre de dos hijos, enfiestada con el marido y su hermana, hermana con pija... “¿Qué pasa, L? ¿Vas a venir?”, insistió La Masa. L, enroscado en sus pensamientos, había perdido la excitación. “Mmmm, me tienta, pero no sé... estoy inhibido –dijo–. Mejor antes me voy a servir un whisky y a fumar un caño.”

miércoles, febrero 02, 2011

Año nuevo, gota y hepatitis

 Desde hace un par de semanas alquilo un cuarto en lo de mi amigo J. De todos los departamentos donde viví, éste es sin dudas el más lindo: amplísimo, con vitrales en algunas de las ventanas y hermosas boisseries, situado en el pasaje más parisino del barrio San Nicolás. Me mudé en plena época navideña, así que la decoración del lujoso palier tiene más lazos rojos que en el Día Internacional de Lucha contra el Sida. Un excelente comienzo para el 2011, pensé, después de varios años de peregrinaje por distintas casas, encontré un remanso. Sumido estaba en estos pensamientos mientras desayunaba en el comedor, cuando mi amigo J apareció con expresión pálida y goyesca: “Tengo hepatitis”, anunció. No puedo negar que se me atragantó el mate, pero pronto recuperé la calma; la experiencia que adquirí combatiendo mis propias enfermedades, sobre todo desde que me enteré (¡hace ya veinte años!) de que soy seropositivo, me hizo perderles el miedo, aunque no el respeto. J me contó los pormenores de su consulta con el médico, le contó que compartía el departamento con un seropositivo para ver si debíamos tomar alguna precaución extra. “Las medidas de prevención son las mismas para todos, pero ya que estamos, también te podés hacer vos el test de HIV.”
 Nos pusimos a pensar qué medidas tomar: lavado de manos, toallitas descartables con lavandina para repasar canillas, manijas, teléfono y portero eléctrico; un desinfectante con cuello de cisne para el inodoro (producto aportado por M, nuestro otro compañero de casa), ya que una de las vías de contagio, además de la saliva, son las heces; cada uno con su vaso, su plato y sus cubiertos (difícil ser constante; si nos olvidamos, sumergimos toda la vajilla en agua con lavandina). Me ofrecí para hacer las compras y cocinar, de paso me sumo a la dieta sana. Mientras armábamos este plan de acción, sentí un pinchazo en el pie. ¡Gota! Desde hace años vengo luchando por mantener a raya los niveles de ácido úrico, pero la seguidilla de brindis por el fin de año (exceso de fiambres y alcohol) decantó en mis extremidades inferiores. ¡La dieta se impone!, sobre todo muchas verduras al vapor y frutas; sopas, arroz, fideos; nada de grasas ni alcohol. P, el novio de J, ya tuvo hepatitis y aportó su experiencia, trajo salvado de avena y nos comunicó que los lácteos también quedan afuera.
 Se acerca el 31 y J propuso que la pasemos juntos; vendrán también su novio y nuestra amiga S. Las perspectivas del menú festivo no son muy alentadoras: ¿sopa?, ¿zanahorias al curry?, ¿verduras grilladas?, ¿pescado? Seguimos pensando. Muy poco habitual en mí, hoy me desperté a las seis de la mañana y, desvelado por las posibilidades, no me pude volver a dormir. ¿Sushi? Hoy me toca a mí informarle las novedades a mi médico, así que le preguntaré. El 2011 en mi nuevo hogar nos encuentra hermanados por la dieta y, ya que estamos, no nos olvidemos de la hermandad latinoamericana. ¡Feliz Año Nuevo!

Trampas y trampas

Desde hace varios días, cuando T llega del trabajo encuentra a P durmiendo. La última vez que cogieron fue hace dos semanas. Malhumor de T, desconcierto de P, que no sabe cómo manejar la situación que se disparó desde que empezó a buscar bareback a espaldas de su pareja.
 Un lunes de mierda. T sale del trabajo, viaja compactado en un vagón de subte, llega a su casa y, una vez más, P no lo está esperando. “¿Qué le pasa a este pibe?”, se pregunta mientras prepara el mate y se mete en Facebook. Todavía siguen los comentarios de sus amigos sobre los hechos violentos y la muerte de tres personas en el Parque Indoamericano; escucha una vez más las declaraciones xenofóbicas de Macri, se indigna y putea en voz alta: “¡Hijo de puta, mentiroso, inescrupuloso!”. Mientras P finge dormir, escucha los gritos de T. “Me descubrió —piensa—. Me olvidé de borrar el historial, seguro leyó mis mensajes... ¡la concha de la lora!” Aunque ya empezaron los días de calor, P no se saca la remera delante de T porque sigue con las tetillas lastimadas desde el encuentro con el francés. Sale de la cama decidido a enfrentar la situación, aunque todavía no sabe qué va a decir.
 “¡Buenas tardes! —lo saluda T sin poder cambiar la cara de culo—. ¡Qué vidurria la tuya!” “¡Cagamos!”, piensa P, mientras que T piensa, arrastrado por el enojo, cuándo laburará este pibe. “Diseñador de páginas web, ¡qué curro!” Según P, con diseñar un par de páginas al mes le alcanza para vivir, pero nunca lo vio laburando. “Ya que tenés tanto tiempo libre, podrías ordenar un poco. ¡Es un quilombo esta casa!”, dice T, y P esconde su sentimiento de culpa, lo mira como diciendo “no rompas las bolas” y respira hondo. “¿Renuevo el mate?”, pregunta. “Dale —contesta T y se queda un rato en silencio—. ¿Viste lo que están haciendo los conspiradores de siempre justo para fin de año? ¡Murieron tres personas!” Le gusta lo que acaba de decir y lo publica en Facebook. “Disculpame, mi amor, las noticias me ponen de mal humor y me la agarro con vos, no me hagas caso. Igual, ya que estamos, decime... ¿qué te pasa que últimamente te encuentro siempre durmiendo? Ya no me esperás con el mate, no me hacés masajes, no cogemos... ¿Tenés algún problema?” P se siente acorralado otra vez. Vacía la yerba en la basura, pone a calentar el agua... “No sé bien, estoy medio deprimido, pero no me preguntes por qué; no lo sé”, dice P con su mejor cara de perturbado y se pregunta cuánto tiempo más podrán seguir conviviendo así. Es verdad que está deprimido y no sabe por qué empezó, por qué la obstinación en salir a coger de trampa y sin forro. ¿Será que el HIV es una barrera que los separa, que quiere infectarse para sentirse más cerca de T y que así T deje de tener miedo de contagiarlo? ¿O será que se le pasó el amor? “Soy una mierda —piensa—, no puedo hacerle esto a T; lo único que quiere es cuidarme.” Está distraído, se le hirvió el agua del mate. Vacía un poco la pava, agrega agua fría y la vuelve a poner en la hornalla.

sábado, diciembre 11, 2010

Beso negro francés

Guachozarpado, el perfil que P abrió solo a escondidas de T, no tenía foto de cara; el de a_pelo tampoco. Cuando P estaba llegando a la esquina donde se habían dado cita, reconoció a B, con quien él y T se habían enfiestado. Antes de llegar a la esquina, desvió el camino y se dio cuenta de que la decisión de abrirse ese perfil para buscar coger sin preservativo era arriesgada. Cuando estaba a punto de darle de baja, se encontró con un mensaje de bareparis, un francés que estaba por cinco días en Buenos Aires. En su perfil había varias fotos, en muchas se le veía la cara, era rubio de ojos celestes, fisicoculturista con los abdominales marcados, buenos brazos, todo el cuerpo cubierto por tatuajes, piercings en las tetillas y un prince albert en el glande, “mi hombre ideal” pensó P. Intercambiaron un par de líneas en el chat, se vieron por cam y, al cabo de una hora, P ya estaba en el hotel. El francés lo recibió con arnés y suspensor de cuero y borceguíes negros. Se veía mejor en persona que en las fotos y por cam. P apenas sabía un par de palabra en francés, y el francés, nada de español, así que no hablaron; apenas P entró en el cuarto, el francés le sacó la ropa, le puso unas muñequeras con ganchos para bondage y lo ató a la cama boca arriba. Se puso unos guantes de cuero y muy experto empezó a trabajarle las tetillas. Estar a disposición de aquel gladiador envolvía a P en un estado de irrealidad, como si estuviera mirando y siendo al mismo tiempo el protagonista de una porno. No podía resistirse, estaba bien inmovilizado; cuando las tetillas le ardieron, empezó a lloriquear. “Salope!”, le gritó el francés y le escupió la cara. Después se le sentó en la pija y lo único que mitigaba el trance de P era la concentración para no acabar enseguida. Lo logró durante un buen rato; el francés arriba haciendo sentadillas y penetrándolo con su punzante mirada azul. P lo llenó con una acabada larguísima; lo que no se esperaba era que aquella cantidad de leche se la iba a tener que tragar; el francés se le sentó en la cara y se la devolvió en la boca con sabor a mierda. Esa parte no le gustó tanto, pero qué más daba, era la mejor cogida de su vida, habría dado mucho más por seguir al lado de aquel macho perfecto que, ahora de pie como un coloso en la cama, lo bañaba de lluvia blanca mientras P acababa por segunda vez, sin tocarse.

 Mientras se vestía, pensaba si habría corrido algún riesgo de contagio, no sabía nada acerca del estado serológico del francés. La leche que había tragado era la propia, ¿se transmitiría alguna peste por la merde? El francés estaba en un estado físico envidiable, no parecía tener problemas de salud, todo lo contrario, era un titán; si lucía tan sano, tuviera lo que tuviera, no había problema, pensó P. De camino a su casa, lo excitó el roce de sus tetillas ardiendo contra la remera. Algo no estaba bien, cuando llegó y se desvistió para bañarse, vio que en las tetillas se le habían hecho cascaritas. ¿Qué pretexto podía inventarle a T?
                                                                                   (continuará)
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viernes, diciembre 10, 2010

Sexo a pelo

Hace ya cuatro meses que P conoció a T. A los dos de haberse conocido, P se mudó al departamento de T y abrieron un perfil juntos, ptpareja, en recon, un sitio de contactos por Internet, orientado a prácticas morbosas y fetiches: uniformes, amos y esclavos, rapados, látex, cuero, bondage, momificación, control de eyaculación, control de respiración, juego con cigarros y una larga fila de etcéteras. Habían acordado coger siempre juntos, ellos dos solos, en tríos o enfiestados con más, pero siempre juntos, era lo más parecido a la fidelidad de lo que T se sentía capaz.
Ante la insistencia de P de coger sin forro, T le pidió que lo acompañara a la consulta con su infectólogo que, cómo suponía T, se opuso: “La carga viral se mide en la sangre –dijo el Dr. R–y no en las secreciones genitales; puede haber diferencias, no es lo mismo la carga viral en el semen que en la sangre. Ese es un primer cuidado. El segundo cuidado es que el hecho de que T, o cualquiera, tenga carga viral no detectable en un momento, no significa que en todo el curso de la evolución de la enfermedad mantenga la misma carga viral, puede haber pequeños escapes de virus y eso no es fácil determinarlo, porque la carga viral se da en un punto determinado y la vida sexual del paciente es continua. Que tenga carga viral indetectable en un momento no significa que se mantenga así siempre. Las medidas de prevención deberían seguir manteniéndose estrictas”.
Desde que salieron del hospital, T se aguanta estoico los berrinches de P, que sigue insistiendo: “No entendés que los médicos van a decir siempre que hay que usar forro para coger y hasta para chupar pija. Hay que ver lo que pasa en la vida real, es una cuestión empírica –y destacaba la palabra “empírica” con el fin de volver su argumento más convincente–. “Yo le hago caso a mi médico” –se limita a contestar T que soporta con paciencia todos los insultos con los que P lo provoca “cagón”, “mariquita” “sos más papista que el Papa”–. Este último es el que más le jode a T, que odia a todos los Papas y al actual mucho más desde que hizo la concesión de aceptar el uso de preservativos sólo si es para coger con putas, ¿habrá sido un pedido de Berlusconi? “Si no te gusta, buscate otro macho, y si es seronegativo, mejor”, le contesta T. Y si está de mejor humor le dice “Callate, puto, si no, te ato y te amordazo”. A eso P no puede resistirse, se calienta y lo sigue puteando para terminar con un plug en el orto, en sesiones de bondage y latigazos que duran horas. Eso relaja a P y se olvida del tema por unas horas.
Sin embargo, hace unos días, P se metió en recon, abrió un perfil solo, guachozarpado, y mandó mensajes a varios perfiles, barebackaction, a_pelo, sexocrudo, y borró el historial antes de que T llegara. Siempre lo espera con el mate preparado, y mientras T ceba, él le hace masajes en los pies y terminan cogiendo, la pasión sigue (o seguía) como cuando recién se conocieron. Pero esa tarde, P dejó el agua caliente en el termo, el mate preparado, se hizo una paja, y se fue a dormir.

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sábado, noviembre 20, 2010

Soy positivo: El cultivo de la amistad

Estaba atardeciendo en Nogués, en la fiesta quedaban algunos pocos invitados tomando vino y guitarreando. En el fondo, La Masa y la Loba le mostraban las plantas de porro a L, que nunca había visto una y, además, estaba ansioso por fumar. “Si querés te regalo una, la mejor garantía de calidad es tener tus propias plantas”, dijo LM y le explicó el paso a paso del cultivo: había que sacar a los machos para que las hembras no fueran fecundadas. “Las hembras –graficó la Loba–, desesperadas por encontrar un macho, florecen, se expanden y se ponen hermosas, ¡como yo! Mirá, tocá lo que son estas tetas.” Al ver a L indeciso, le agarró una mano y lo guió. “¿Nunca tocaste una teta antes?”, bromeó. L pasó del rubio al pelirrojo, sentía que sus secretos estaban a punto de ser descubiertos. Al mismo tiempo sentía la necesidad de contarles que era gay y también que tenía HIV, necesitaba confiarle a alguien todo lo que estaba viviendo. A LM y la Loba era probable que su confesión no los asustara, pero LM era tan bocina... ¿Sería capaz de guardar un secreto? Si se enteraban en el laburo iba a ser un escándalo...
LM le pasó un porro recién armado, “Encendelo.” L fumó con desesperación, necesitaba levantar el ánimo. La Masa, mientras tanto, se sacó la remera. “Mirá lo que es esto, tocá acá”, le dijo orgulloso trabando los músculos del brazo. “¡Qué familia más toquetona!”, pensó L, que al tocar se excitó. Recitó mentalmente su nuevo mantra para salir de la calentura, “Lita de Lázzari, Lita de Lázzari...”, mientras imaginaba a la ecónoma ama de casa en bolas, apretando entre los dedos una palta para ver si estaba madura... Funcionó, la erección bajó. Eran durísimos los músculos de LM, que por sorpresa le trabó el cuello entre los bíceps y los sobacos. L sintió que la pija se le hinchaba otra vez, pero se dejó ir, el faso era bueno y los olores corporales de La Masa terminaron de embriagarlo. Al borde de la asfixia, le dio dos toques en la espalda para que lo soltara. “Te falta entrenamiento –dijo LM–. Otro día que vengas, antes de ponernos en pedo, luchamos.” De pronto, de entre las plantas, saltó el hijo más chico de LM como un polichinela de una caja de sorpresas: “Papá, ¿tu amigo L es como la tía?” “¡Qué decís, loquito! –le contestó LM–. Andá a ver qué quiere mamá, que te está llamando.” El nene, obediente, se esfumó. ¿Qué había querido decir, el pendejo?, se preguntaba L, perseguido. “¡Quedarías linda maquillada!”, opinó la Loba y L se puso rojo carmín. “¿No querés que probemos?” ”¡Dale, hermanita!”, intervino La Masa con la seguridad de quien ya lo ha hecho otras veces. “¡Maquillanos y vestinos a los dos! Vamos, L, no te achiqués, vamos a cagarnos un poco de risa. Si te copás, en vez de una plantita te regalamos dos.” “Mmmm, no sé... Una ya es un regalo buenísimo, dos es mucha responsabilidad. ¡Nunca regué una planta en mi vida! No sé...” (continuará)

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Mi médico y yo

Larga duración

Para las personas que viven con VIH y reciben tratamiento, la relación con el médico o médica se ha convertido en una de larga duración, deseada o no. Ya sin el dramatismo que tenían las consultas antes de que los tratamientos de drogas combinadas demostraran su efectividad para evitar la reproducción del virus, en el consultorio se plantean desde miedos añejos hasta deseos nuevos –¿puedo tomar vacaciones de la ingesta diaria de pastillas?– o dudas siempre presentes –cómo transmitir el diagnóstico a una pareja, por ejemplo–. Lo cierto es que la sombra de la muerte se ha desplazado por el brillo más sutil de buscar la mejor calidad de vida posible. En esta relación profesional médico-paciente se puede rastrear, en definitiva, de qué se trata vivir hoy con VIH.

miércoles, noviembre 10, 2010

Chorizos, morcillas y chinchulines

Antes del horario de salida L fue al baño; La Masa estaba ahí, meando. L deja siempre un mingitorio de por medio porque le da vergüenza que lo miren, todos en la oficina sienten curiosidad porque LM, desde su metro noventa, puede vérsela aunque esté en la otra punta de los mingitorios y ya le hizo fama de pijón. “¡Pelando la nutria...!”, le dijo jodón mientras la sacudía. LM es buen tipo, y tras esa máscara chistosa hay un hombre que también ha sufrido. Al contrario de lo que supone L, LM sabe bien lo que es el HIV, su mejor amigo murió por eso hace diez años: de adolescentes se picaban juntos todo lo que podían, merca, quetalar... Su amigo estaba infectado y LM por mucho tiempo pensó que él también, más de una vez habían compartido la jeringa. Pero no, y por eso siente que tiene un dios aparte y vive agradecido de la vida. Tiene seis hermanos, o mejor dicho, cinco hermanos y una hermana, la séptima, el séptimo para la tradición que se cumple por más travesti que sea: además de famosa por ser la única ahijada protocolar del presidente Perón, todos en el barrio la llaman La Loba.
Mientras LM se acomodaba el uniforme frente al espejo, le comentó a L que estaba planeando una fiesta para festejar sus treinta años. “No me podés fallar, amigo, no te vas a arrepentir, mi hermana es la mejor asadora de Pablo Nogués y ya encargué diez kilos de asado, el festejo se viene con todo.” Sin que L tuviera tiempo de inventar una negativa, LM le alcanzó un planito dibujado de puño y letra. El gesto conmovió a L.
El domingo siguiente llegó puntual al asado. Para L, rata de ciudad, el fondo de la casa de LM era fascinante. Había unos veinte invitados, L era el único de la oficina y el único rubio de la fiesta. LM le presentó primero a su esposa F y a sus dos hijos, G de cinco y H de siete; luego a sus hermanos, M, N, O, P, Q y... ¡Z! “La Loba.”
—¡Encantada! —dijo acomodándose el vestido floreado y le extendió la mano— ¡Qué bombón tu compañerito!
Las mejillas de L ardieron.
—¡No seas tímido! —le dijo LM—. Vení que te presento a los demás. ¿Qué querés tomar?
Al rato estaban casi todos sentados a una larga mesa, bajo la sombra de tres ciruelos. “¿Quién come chorizo?”, preguntó Z en tono cantarín desde su puesto de asadora. “¡A mí me gusta más la morcilla!”, gritó LM aflautando la voz. Y de pronto saltó de abajo de la mesa su hijo, el más chico, haciendo morisquetas. “Y a míiiii... ¡me gusta el chinchulín!”, gritó y salió corriendo. Todos a las risotadas, los vasos y las botellas se sacudían de risa también. El vino había sensibilizado a L, que estaba a punto de lagrimear de emoción cuando un olorcito le hipnotizó la nariz. Era “La Loba” que, con discreción, antes de empezar a servir, le daba una seca a un porrito en la soledad de la parrilla. “Cosecha propia”, le dijo cómplice LM mientras le servía más vino.
                                                                                            (continuará)

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miércoles, octubre 13, 2010

SOY POSITIVO

 La columna SOY POSITIVO apareció por primera vez en mayo de 2010 y se fue transformando en folletín. Acá van, ordenados por fecha, los episodios publicados hasta hoy en el suplemento Soy de Página 12


SOY POSITIVO


L. sospechaba que era portador de VIH. “Garché a lo loco, sin cuidarme, quería contagiármelo, quería morirme.” De pronto sintió que todo había sido una estupidez: uno no muere de un día para otro por infectarse con el virus, puede ser asintomático por años o puede tener una enfermedad que lo agobie por mucho tiempo. Ahora que quería vivir, L. no se animaba a hacerse el test por temor al resultado; le sugerí que cuanto antes lo hiciera, más pronto se liberaría de las dudas que lo atemorizaban: si daba negativo, su miedo ya no tendría razón de ser; y si daba positivo, cuanto antes lo supiera, mejor: en ese caso, lo importante es empezar con el tratamiento cuanto antes. L. juntó coraje y fue al hospital.
Ya nadie respeta el misterio del sobre cerrado. Nos tentamos con abrirlo antes y ver si podemos adivinar algo: por lo general, los resultados de los análisis de sangre vienen con los parámetros normales, y si los propios guarismos están en ese rango, respiramos porque todo salió bien; en cambio, si sospechamos que algo está mal y tenemos que esperar varios días hasta que llegue el turno con el médico, podemos comenzar una búsqueda frenética en Google tratando de encontrar un alivio. Por suerte, con el test de detección del VIH no es así. A L., como a todos los que alguna vez pasamos por ese trance, el resultado le fue entregado en un consultorio por un médico: cuando el resultado es positivo, es necesario que haya alguien ahí para explicarnos qué tenemos que hacer. L. no se sorprendió, había hecho todo lo posible por contagiarse con el virus; en cambio sí le hubiera resultado extraño que el test diera negativo. El médico le explicó todos los pasos a seguir: análisis de carga viral y CD4; y a partir de los resultados evaluar cuál será el tratamiento adecuado. Es importante seguir estas instrucciones al pie de la letra. Uno puede dudar de la eficacia de los tratamientos propuestos, temer por los efectos secundarios... Puedo asegurar que no es para tanto. Sin embargo es importante que cada uno se informe bien, que lea todo lo que encuentre a su alcance acerca de los progresos en la investigación sobre SIDA y despeje las dudas con su médico, que tome parte activa de su proceso de sanación.
Tal vez no todos tengan la suerte de L., que se encontró con un buen médico que le dio un trato cálido y amoroso. Puede tocarnos uno que no nos guste. Es importante en ese caso, buscar uno con el que podamos sentirnos cómodos y en quien podamos confiar.
Es gracioso, porque al referirnos a nuestra condición de portadores del VIH decimos “soy positivo” y, a mi entender, después de 20 años de convivir con el virus, puedo decir que fue ésa la actitud que me salvó. Es importante poder hablar con alguien de lo que nos pasa. L. no quería contarles a sus familiares ni a sus amigos lo que le estaba pasando, por temor a perderlos. “¿Qué clase de amigo sería aquel que ante una situación así se borrara?” “No es sólo por el HIV. Ninguno de mis amigos sabe que soy homosexual”, me contestó L. Decir la verdad sería un gran alivio, ocultar lo que somos también nos enferma. Sé que muchas veces no es fácil. En ese caso, sería bueno unirse a un grupo de reflexión en alguna de las asociaciones de lucha contra el sida, donde nos encontraremos con gente que nos podrá escuchar y comprender.




EL SABOR DE LOS FORROS


En un primer encuentro casual en el cine porno X, P le chupó la pija a T sin preservativo. No se tragó la leche, pero sí un poco de líquido preseminal. Cuando los dos acabaron, el romanticismo se apoderó de ellos y tomaron juntos una cerveza acurrucados en un sillón, camuflados en la oscuridad. “¡Qué lindo sos!”, le dijo P a T, aunque en realidad por más que hubiera querido, en aquella negrura donde apenas llegaba el reflejo de la pantalla, nunca habría podido verlo bien. Igual, por no romper aquel clima de amor que se había generado, prefirió decir eso y no “¡Qué rica pija tenés!”. T le contestó: “Vos también”. Y aunque tampoco había podido verlo bien, agregó: “Me gustaría volver a verte”. Y ahí mismo intercambiaron números de teléfono.


P le contó de su encuentro con T a su amigo Q, una loca malísima, tan mala que de su veneno nadie se salvaba, ni amigos, ni amigas, y que le dijo: “Sabías que T tiene sida, ¿nooooo?”. P palideció y de sus ojos asomaron lágrimas de miedo. “¿Y de dónde conocés a T?”, le preguntó con la voz temblorosa a Q, que le contestó: “Neeeeena, esa loca es más puta que todas nosotras juntas, ¡y además ya se los cogió a L, a E y a O!”. P pasó del pálido al colorado, le daba bronca y se ruborizaba cada vez que sus amigos le hablaban en femenino y mucho más cuando Q lo trataba de nena: además de que, por su culpa, ahora se veía atrapado en un torbellino de emociones negras como una bandada de buitres y sentía su corazón desgarrado por la guadaña. Al ver su rostro ensombrecido, Q, a la que es difícil callar por más de medio minuto, se mantuvo en silencio, mirándolo. “Ella se lo había dicho por su bien –pensaba–. ¡P tenía que hacerse el test urgente!”


Esa misma noche, P le mandó un mensaje a T: “Necesito hablar con vos. ¿Cuándo podemos vernos?”. Se encontraron en un bar del centro y ambos parecían verse por primera vez, a la luz del día también se gustaban, aunque P seguía con bronca porque T lo había dejado chuparle la pija sabiendo que era portador. Juntó coraje y fue lo primero que le dijo, a lo cual T (que de loca no tiene nada, pero sí mucho de Don Juan), con la frialdad que lo caracteriza y minimizando el asunto, le contestó que no se preocupara, que estaba tomando el cóctel y que tenía la carga viral indetectable. T nunca avisa en un encuentro casual que es portador de VIH, no le gusta presentarse así, entiende que el que quiere cuidarse debería tomar los recaudos que crea necesarios siempre. Siempre usa forro cada vez que coge y cree que si por una chupada de pija se contagiara el sida, todos los putos estarían infectados. Además acababa de leer en el diario que, según investigadores de la Universidad de Washington, con la carga viral indetectable, el riesgo de transmitir la infección disminuye en un 92 por ciento. “De todas maneras, cada uno debe evaluar cuál es la mejor manera de cuidarse –concluyó T–. Y si pensás que chupar una pija sin forro es riesgoso, no lo hagas, porque es muy fácil encontrarse con un portador, incluso con uno que ni siquiera sepa que está infectado.” “¡Chupar la pija con forro es horrible!”, dijo P. Y, para tratar de poner fin al clima incómodo que se había generado, agregó: “Mi amiga FL dice que en vez de hacer forros con gusto a frutilla... ¡tendrían que hacerlos con gusto a pija!”. Los dos se rieron y se miraron a los ojos con franqueza. Aquel amor que los había flechado en el cine seguía intacto.




DILACIONES, DILATACIONES


P no se imaginaba la noche que le esperaba. Iba a la casa de T, para su segunda cita. Mientras miraba abstraído el paisaje por la ventana del colectivo, pensaba en las palabras de su amiga M y en cómo sacarle el tema de conversación a T: quería que dejaran de usar preservativos. M le había contado sobre las conclusiones de la reciente Conferencia sobre Sida, en Viena, de las que sobre todo le había interesado una: el riesgo de transmisión del VIH para una persona tomando el cóctel y con carga viral indetectable se reducía en un 90 por ciento, y no solamente para la fellatio (como le había dicho T en su cita anterior), que en realidad era de muchísimo menor riesgo, sino incluso en la penetración anal.


T, mientras tanto, pensaba en cómo sorprender a su nueva conquista. Hasta el momento, no habían hablado de fantasías sexuales, no sabía mucho sobre las de P. A T le gusta el cuero y todas las prácticas del sexo fuerte, de las cuales, considera, la mayoría son prácticas sin riesgo de contagio del VIH ni de enfermedades venéreas: ataduras, cera de vela, juego de tetillas, juego con cigarros, control de respiración, juegos de roles (esclavo-amo, médico-paciente), dildos... La lista es larga... Para aquella segunda cita decidió no proponer ataduras, que suelen asustar a los que no están familiarizados con el tema, y empezar por los dildos. Tenía una importante colección, desde los más pequeños hasta los enormes (incluso dos que ni él mismo, que había experimentado por años con su orto, había podido meterse); tenía también un rosario (disculpas por el uso de esta palabra en este contexto, pero a algún impío se le ocurrió llamarlo así, dado que consiste en varias pelotitas, por lo general de goma, unidas por un cordel) y su mejor aliado, un dildo inflable, especial para abrir los culos estrechos de los principiantes.


P, ya con su propuesta para dejar de usar preservativos mentalmente armada, golpeó impaciente a la puerta de T, que lo recibió vestido con un pantalón de cuero; en el living la luz era tenue y matizada con algunas velas encendidas; se dieron un beso que estremeció a los dos hasta que casi se desmayaron asfixiados. “¡Que buen recibimiento! Siempre me dio morbo el cuero y me moría de ganas de tener una experiencia así...”, dijo P y se arrodilló a lamerle los borceguíes. P estaba siendo gratamente sorprendido y también lo estaba siendo T, porque P había resultado ser más conocedor en la materia de lo que se esperaba. Antes de que se levantara, T le vendó los ojos, le sacó la ropa, lo acompañó hasta la mesa donde lo hizo acostarse boca arriba y, para que estuviera cómodo por un buen rato, le enganchó las piernas en correas de cuero suspendidas con cadenas desde el techo. Comenzó su paciente tarea con mucho lubricante y un dildo pequeño; comprobó que P tenía una excelente dilatación y que no necesitaría de la ayuda de su amigo inflable. Luego el rosario provocó los gemidos de P, que no sabía qué era lo que le estaban metiendo en el culo; estaba excitadísimo y se había olvidado de todos los temas que venía pensando en el colectivo. Para P, ahora, la sensación, además de un excitante ardor, era la de una luz, cálida, destellante, que se irradiaba desde su culo a todo el cuerpo y le dejaba la mente en blanco. T, ahora concentradísimo, le metía casi hasta el fondo el menos grande de los dos dildos gigantes. Ninguno de los dos pensaba en otra cosa... La propuesta de P quedará para nuestra próxima entrega. ¿Vos aceptarías o no?




P EN NUESTRA PIEL


La noche fue larga, las velas ardieron y la pasión entre P y T aumentó dildo tras dildo. Ya relajados, mientras cenaban una pizza con cerveza, P, mirando a T a los ojos, se animó a decir lo que venía pensando: “Quería hacerte una propuesta... ¿Vos estás tomando el cóctel y tenés la carga viral indetectable, ¿no?”. “Sí, ¿por?...”, respondió T, desconcertado. “Vos me habías dicho que por una chupada de pija el riesgo de contagio era ínfimo, pero ¿sabías que además, en el Congreso de Viena, dijeron que con la carga indetectable, en la penetración el riesgo es menor al 10 por ciento?” T asintió. “Me gustaría que cojamos sin forro. Bueh... ya lo dije...”, soltó P de un tirón y suspiró.
T se tomó su tiempo para responder, era la hora de contarle que, además de ser seropositivo, tenía Hepatitis B y C. Que las vías de contagio eran las mismas que las del VIH. “Y contame algo: ¿gozaste hoy con los dildos?”, dijo T para distender un poco la conversación. “¡Siiií, gocé como loco! ¡Me hiciste ver las estrellas!” “¡Sí, putito, te comiste entero el XXL!” P se sonrojó. “Y cuando te cogí, te cogí con forro. ¿Disfrutaste?” “Siií, muchísimo.” “Mirá, P, vos sos seronegativo, tenés que cuidarte. ¿Te imaginás cómo me sentiría si te contagiaras algo? Hay algo que todavía no te conté, tengo hepatitis B y C. Para la B hay vacuna, pero para la C, no. Si querés, la próxima vez que vaya al hospital te aviso y me acompañás, así lo consultamos con mi médico. Me sentiría más tranquilo si siguiéramos cogiendo con forro. Ya estoy acostumbrado y no me molesta usarlos. ¡Es más, cuando era pendejo y los descubrí, me excitaba con sólo comprar la cajita o cuando veía un forro usado tirado en la calle. ¡Gasté cientos de forros sólo para hacerme la paja!” “¡Jajá! ¡Qué boludo pajero! –dijo P–. Yo me sigo calentando cada vez que me pruebo un calzoncillo nuevo!” “Ah, mirá vos, qué putito fetichista... ¿Y qué más te calienta?” Las botellas de cerveza vacías ya eran dos, iban por la tercera. T se estaba aguantando las ganas de mear, no tenía ganas de desperdiciar toda aquella cerveza que se había tomado, estaba casi seguro de que a P le gustaría la idea. “¿Probaste alguna vez la lluvia dorada?” P dudó; él también venía juntando meo y sabía muy bien de qué le estaba hablando T. Nunca lo había experimentado, pero tenía ganas de probar. “¿Sabés qué? Yo también tengo muuuuchas ganas de mear? ¿Y sabés otra cosa? Que me parece que, esta vez, el que va a ir abajo sos vos”, dijo P y se levantó del sillón donde estaban sentados. P se sacó el cinturón, se lo ajustó a T alrededor del cuello, lo llevó en cuatro patas hasta el baño y lo hizo meterse en la bañera. Sacó la verga que después de tanta estimulación anal parecía haberse agrandado y de la que brotó un chorro potente, dorado, que golpeaba cálida la piel de T y le bajaba como cascadas por el cuello, las tetillas, los abdominales electrizados, y terminaba en su pija al palo. Después la lluvia fue blanca y abundante, y T jugó a dispersar con su pis la acabada de los dos.




ATERRIZA EN MI


Después de haber recibido el resultado positivo de su test de VIH, L estuvo varios días deprimido, había tomado la decisión de no coger más. Pero una mañana se despertó caliente y apenas se levantó, antes incluso de prepararse el mate como todas las mañanas, encendió la computadora y se metió al sitio de contactos gays g4me. Abrió su perfil, sexoydiversion, y enseguida pensó que ya no lo representaba, sentía necesidad de cambiarlo, a los treinta años y con el nuevo estado de situación era hora de dejar la joda y buscar una relación estable. Le dio de baja a sexoydiversion para comenzar de 0, con perfil nuevo y nueva dirección de correo electrónico. Elegir un nickname siempre le había resultado difícil: encontrar una o dos palabras que sintetizaran cómo era, qué sentía y qué buscaba. Estaba todavía un poco deprimido, pero eso no tenía que notarse. Tampoco quería que fuera un nick de dos palabras como el que tenía antes y el de una gran parte de los que tienen su perfil ahí: machitopiola, pasivosumiso, morboyvicio... Quería una sola palabra, lo más neutral posible, que no remitiera a nada sexual, pero que fuera sexy. Lo pensó mucho, mucho, durante más de una hora lo intentó, hasta que se acordó de una vieja canción que decía: “Yo soy el planeta y tú eres la nave, amor, aterriza en mí”. Ya lo tenía: aterrizaje. El sustantivo lo eximía de definir si él era el planeta o la nave, y además de representar aquella canción que siempre le había gustado y parecido muy sensual, hablaba de cómo se sentía él, aterrizando de un viaje de locura en la nueva pista que se le presentaba: desde que se enteró de que era seropositivo decidió hacer una vida más prolija, alimentarse y dormir bien, dejar el descontrol. Completó sus datos: 30 años, 70 kg, 1,74, activo, sin vello facial ni corporal... hasta que se encontró con un ítem en el que no había reparado cuando había abierto sus anteriores perfiles. Ahora que lo leyó, le pareció escuchar los redoblantes de una sentencia: HIV. Había cuatro opciones ineludibles: “no”, “sí”, “no lo sé” y “prefiero no contestar”. Se sintió molesto: ¿no se supone que ser portador de HIV es un secreto médico? Es cierto que también podía optar por no abrir un perfil ahí por considerarlo discriminatorio. “Ya estamos en el baile, bailemos”, se dijo; desafiante, optó por poner “sí” y pasó a redactar su mensaje personal. Reconsideró su intención inicial de dejar la joda y buscar una relación estable... estaba caliente, quería sexo ya. “Muy calentón. Busco sexo sin compromisos con pasivos que disfruten a full de la pija en la boca o en el culo”, escribió y se fue a preparar unos mates. Cuando regresó al escritorio, tenía cinco respuestas, cinco planetas, cinco culos y bocas ardientes que esperaban su aterrizaje.




FASOTERAPIA


De los cinco perfiles que lo habían contactado, L eligió para empezar el de Osogoloso: 45 años, 90 kg, 1,86, pasivo, con barba y muy peludo... contestó “no” en el ítem HIV. Sobre todo le atrajo la foto donde se lo veía desnudo, recostado boca abajo al borde de una pileta de natación, parando el culo ¡peludísimo!, emanaba feromonas a través de la pantalla. Arreglaron una cita en el café Q de Congreso a las cinco de la tarde. L tendría que aguantarse unas horas más la calentura: se había levantado al palo, y después de haber visto varias veces la foto de OG, su excitación se había quintuplicado. Algo más tranquilo, L se acordó de tomar las pastillas de la mañana de su cóctel de drogas, todavía no tenía el hábito, casi se olvidaba, tenía que tomarlas tres veces por día, lejos de las comidas, las primeras antes del desayuno.
Al rato empezó a sentir náuseas, las pastillas le caían pésimo. Como no quería perderse por nada la cita, se puso de inmediato a buscar una solución. Entró a thebody.com, una página sobre sida que le había recomendado una chica con quien se había puesto a conversar en el Ministerio de Salud mientras esperaban su turno para retirar los medicamentos. Allí encontró información acerca del uso medicinal de la marihuana: ayudaba a estimular el apetito y a calmar las náuseas. Se acordó de su amigo B, que le había ofrecido varias veces una pitada. Estaba decidido, lo llamó por teléfono y le preguntó si podían encontrarse. B lo invitó a almorzar.
Mientras B (un sesentón jovial que andaba siempre con un porro en la mano) cocinaba la pasta dominguera, le ofreció, como tantas otras veces, una seca a L, que para su sorpresa esta vez aceptó. Hey, ¡qué pasó!, ¡al fin te decidiste!, dijo B. “Sí..., en realidad pasaron cosas. Estoy tomando unos medicamentos que me provocan náuseas y leí por ahí que el porro sirve para eso, qué sé yo...” “¿Medicamentos?”, preguntó preocupado B. “Sí..., ¿cómo te lo digo...? Tengo HIV”, soltó al borde del llanto.”¡Qué bajón! —le dijo B y le dio un abrazo—. Tomá, fumá que te va a hacer bien... Viste que ahora si tomás los medicamentos la manejás como cualquier enfermedad crónica...” “Sí, lo sé; igual es un bajón.” “¡Arriba el ánimo! —le contestó B, que estaba enamorado de L pero nunca se lo había dicho—, sabés que podés contar conmigo cuando quieras.” “¡Esto no hace nada!”, dijo decepcionado L. “Fumá una seca más y esperá, esta hierba es de lo mejor, ¡no puede no hacerte nada!” L fumó una seca más; al rato se olvidó de las náuseas y empezó a sentir hambre. Agarró un pan y lo mojó en la salsa bolognesa, ¡estaba exquisita! De pronto se acordó de la foto de OG y tuvo una erección muy notoria, era dotadísimo. B, que a sus años ya parecía tener incorporado un radar para detectar bultos, se dio cuenta. “¡Epa! ¡¿Qué pasó?! ¡Se te subió la salsa de tomate a la cabeza!" L sonreía, coloradísimo.




EFECTOS SECUNDARIOS DE LA FASOTERAPIA


L trataba de comer los tallarines, le parecían larguísimos. B lo miraba expectante: sentía curiosidad por ver cómo le pegaba su primer porro, y además pensaba que la erección de L en la cocina había sido por calentura con él. “¡Voy a buscar una cuchara, estos fideos son difíciles de enrollar!”, dijo L; no se daba cuenta de que ya estaba colocado. Con ayuda de la cuchara devoró los fideos en dos minutos.
Para la sobremesa, B armó otro porro. Estaban sentados los dos en el sillón del living. La rodilla de L contra su muslo le producía un cosquilleo en todo el cuerpo. Se colgó mirando los ojos achinados de L, que estaba radiante y más conversador que nunca. No prestaba atención a lo que decía, con la mirada recorría desde los labios hasta el bulto atrevido en reposo de L. Cuando se animó a pasarle el brazo sobre los hombros, L miró el reloj, eran las cuatro y media y tenía cita con Oso Goloso a las cinco. “Tengo que irme”, dijo. Al despedirse en la puerta, B se le prendió en un abrazo y le dio un beso húmedo en el cuello. “¡Tranquilo, amigo!”, dijo sonriente L.
Era una tarde primaveral. En la calle, L se dio cuenta del efecto del porro, podía percibir el lento crecimiento de los pimpollos del jardín de al lado, sus pies flotaban y, para llegar hasta Rivadavia desde aquel caserón perdido en Flores, se dejó guiar por el ruido del tránsito; “un torrente, música urbana”, pensó. Su oído lo orientó bien: apenas llegó a la parada del 86, apareció un colectivo que en veinte minutos lo dejó a dos cuadras del café Q. Se asombró de estar tan sincronizado con la vida.
En el bar le costó reconocer a OG, que en un gesto maniático se desinfectaba las manos con alcohol en gel. Nada de feromonas osunas, olía más bien a perfumería de shopping. L se sintió incómodo: con la corrida para llegar a la cita, había transpirado; OG revoleaba la nariz rastreando el vaho. “¡Estás empapado!”, dijo. “¡Y vos parecés una perfumería ambulante!”, contestó desfachatado y L no pudo contener un ataque de risa. “¿Te comiste un payaso?”, preguntó OG sacudiendo los hombros. Se acercó el mozo y L pidió una cerveza de litro; a su turno, OG pidió con voz de pito una lágrima. “Una láaagrima y un recuerdo...”, canturreó L. “¡¿Estás drogado?!”, preguntó OG. “Sí. Uso terapéutico de la marihuana para el HIV”, respondió L desafiante. “¡No sabía que tenías HIV! ¡Hubieras avisado!” “¡Pero si lo puse en mi perfil!” “¡Bueno, no lo leí! —dijo OG prolongando la “i” en un gritito—. Mirá, no lo tomes a mal, pero mejor me voy. Si por lo menos estuvieras sobrio...”, agregó mientras inspeccionaba una mancha de rouge en su pocillo. La apartó con desagrado, dejó diez pesos en la mesa y se levantó cabeceando como una diva ofendida. A L no le importó: al fin después de tanta depre, se estaba divirtiendo. Quiso servirse más cerveza, pero la botella estaba vacía. Se dejó llevar por el canto de los gorriones, que lo invitaban a tomarse otra en la plaza.




LUNES OTRA VEZ


El despertador sonó a las siete. L interrumpe la alarma y vuelve a dormirse, está resacoso, el despertador vuelve a sonar a los cinco minutos, lo vuelve a apagar, es su estrategia, lo apaga tres o cuatro veces cada mañana, la “fiaquita” que se permite hasta un rato antes de las siete y media, cuando se despereza y sale de la cama. Hoy no va a hacer abdominales, ya hizo anoche bastante ejercicio: bajo el efecto del porro que había fumado con B, intensificado por la última cerveza en la plaza y empujado por los latidos de su pija morcillona, decidió ir a un cine porno. La cita se le había frustrado y la leche tenía que sacársela. Exprime un limón que toma en ayunas para combatir la resaca y se mete en la ducha. Los garches de anoche en el cine resurgen, el chorro caliente y el vapor lo envuelven y lo excitan. ¿Será un efecto rebote del faso de ayer?, se pregunta.
Desde que se enteró de que es portador, desayuna bien: café, yogur con muesli y germen de trigo; jugo de naranja con levadura virgen y un omelette de claras, receta que le pasó La Masa, un compañero de oficina fisicoculturista, apodado así por su contextura similar a la del luchador de la tele. L cree que LM se le insinúa, ignora que es toquetón de puro campechano hétero que es, LM es de esos que viven tocándose el culo entre amigos. Y L, perturbado, no quiere mezclar las cosas: nadie en la oficina sabe que es homosexual.
Por ser lunes se siente bastante bien de ánimo; siempre que el clima acompaña, va a la oficina caminando. “¡A disfrutar del último solcito del día!”, se dice en chiste y con resignación a las nueve menos cinco. Le espera otra jornada bajo la vigilancia de la maldita Sargenta, su jefa, que no permite conversaciones personales en horario de trabajo; otra vez él y sus compañeros vestidos de traje gris o azul. “Nada más gris que el gris combinado con el azul”, piensa y mete la tarjeta en el reloj, siempre puntual para cobrar por presentismo. LM, al verlo tan sonriente, se le acerca a decirle: “¡Qué cara de feliz cumpleaños, papá, parece que la pusimos! ¡Je je!”. “Je je”, responde L, que acelera el paso para llegar al sector Emisión; para salir del apuro, nada mejor que aquel silencio obligado en los dominios de la Sargenta. Como siempre, apenas se pone a trabajar su humor cambia, abrocha las pólizas y estampa los sellos con odio, cae en la cuenta de lo infeliz que es en esa cueva, harto de la parodia y de inventarle historias a LM, que cada vez que lo encuentra en el baño le pregunta cómo son las minas que se coge, si tal o cual tiene la concha apretadita, los pezones en parche o en puntita... Hasta que se calienta y le mete mano: “Con esa herramienta las debés tener locas”. L, incómodo, no quiere calentarse porque no lo puede disimular, no sabría dónde meterse si en el trabajo se enteraran de que es gay, mucho peor ahora, que encima es portador de HIV. “Chick, chick, chicken”, murmura entre dientes apretando la abrochadora; “pum, pum, pum”, se desquita con los sellos.




CHORIZOS, MORCILLAS Y CHINCHULINES 



Antes del horario de salida L fue al baño; La Masa estaba ahí, meando. L deja siempre un mingitorio de por medio porque le da vergüenza que lo miren, todos en la oficina sienten curiosidad porque LM, desde su metro noventa, puede vérsela aunque esté en la otra punta de los mingitorios y ya le hizo fama de pijón. “¡Pelando la nutria...!”, le dijo jodón mientras la sacudía. LM es buen tipo, y tras esa máscara chistosa hay un hombre que también ha sufrido. Al contrario de lo que supone L, LM sabe bien lo que es el HIV, su mejor amigo murió por eso hace diez años: de adolescentes se picaban juntos todo lo que podían, merca, quetalar... Su amigo estaba infectado y LM por mucho tiempo pensó que él también, más de una vez habían compartido la jeringa. Pero no, y por eso siente que tiene un dios aparte y vive agradecido de la vida. Tiene seis hermanos, o mejor dicho, cinco hermanos y una hermana, la séptima, el séptimo para la tradición que se cumple por más travesti que sea: además de famosa por ser la única ahijada protocolar del presidente Perón, todos en el barrio la llaman La Loba.
Mientras LM se acomodaba el uniforme frente al espejo, le comentó a L que estaba planeando una fiesta para festejar sus treinta años. “No me podés fallar, amigo, no te vas a arrepentir, mi hermana es la mejor asadora de Pablo Nogués y ya encargué diez kilos de asado, el festejo se viene con todo.” Sin que L tuviera tiempo de inventar una negativa, LM le alcanzó un planito dibujado de puño y letra. El gesto conmovió a L.
El domingo siguiente llegó puntual al asado. Para L, rata de ciudad, el fondo de la casa de LM era fascinante. Había unos veinte invitados, L era el único de la oficina y el único rubio de la fiesta. LM le presentó primero a su esposa F y a sus dos hijos, G de cinco y H de siete; luego a sus hermanos, M, N, O, P, Q y... ¡Z! “La Loba.”
—¡Encantada! —dijo acomodándose el vestido floreado y le extendió la mano— ¡Qué bombón tu compañerito!
Las mejillas de L ardieron.
—¡No seas tímido! —le dijo LM—. Vení que te presento a los demás. ¿Qué querés tomar?
Al rato estaban casi todos sentados a una larga mesa, bajo la sombra de tres ciruelos. “¿Quién come chorizo?”, preguntó Z en tono cantarín desde su puesto de asadora. “¡A mí me gusta más la morcilla!”, gritó LM aflautando la voz. Y de pronto saltó de abajo de la mesa su hijo, el más chico, haciendo morisquetas. “Y a míiiii... ¡me gusta el chinchulín!”, gritó y salió corriendo. Todos a las risotadas, los vasos y las botellas se sacudían de risa también. El vino había sensibilizado a L, que estaba a punto de lagrimear de emoción cuando un olorcito le hipnotizó la nariz. Era “La Loba” que, con discreción, antes de empezar a servir, le daba una seca a un porrito en la soledad de la parrilla. “Cosecha propia”, le dijo cómplice LM mientras le servía más vino.
                                                                              


EL CULTIVO DE LA AMISTAD



Estaba atardeciendo en Nogués, en la fiesta quedaban algunos pocos invitados tomando vino y guitarreando. En el fondo, La Masa y la Loba le mostraban las plantas de porro a L, que nunca había visto una y, además, estaba ansioso por fumar. “Si querés te regalo una, la mejor garantía de calidad es tener tus propias plantas”, dijo LM y le explicó el paso a paso del cultivo: había que sacar a los machos para que las hembras no fueran fecundadas. “Las hembras –graficó la Loba–, desesperadas por encontrar un macho, florecen, se expanden y se ponen hermosas, ¡como yo! Mirá, tocá lo que son estas tetas.” Al ver a L indeciso, le agarró una mano y lo guió. “¿Nunca tocaste una teta antes?”, bromeó. L pasó del rubio al pelirrojo, sentía que sus secretos estaban a punto de ser descubiertos. Al mismo tiempo sentía la necesidad de contarles que era gay y también que tenía HIV, necesitaba confiarle a alguien todo lo que estaba viviendo. A LM y la Loba era probable que su confesión no los asustara, pero LM era tan bocina... ¿Sería capaz de guardar un secreto? Si se enteraban en el laburo iba a ser un escándalo...
LM le pasó un porro recién armado, “Encendelo.” L fumó con desesperación, necesitaba levantar el ánimo. La Masa, mientras tanto, se sacó la remera. “Mirá lo que es esto, tocá acá”, le dijo orgulloso trabando los músculos del brazo. “¡Qué familia más toquetona!”, pensó L, que al tocar se excitó. Recitó mentalmente su nuevo mantra para salir de la calentura, “Lita de Lázzari, Lita de Lázzari...”, mientras imaginaba a la ecónoma ama de casa en bolas, apretando entre los dedos una palta para ver si estaba madura... Funcionó, la erección bajó. Eran durísimos los músculos de LM, que por sorpresa le trabó el cuello entre los bíceps y los sobacos. L sintió que la pija se le hinchaba otra vez, pero se dejó ir, el faso era bueno y los olores corporales de La Masa terminaron de embriagarlo. Al borde de la asfixia, le dio dos toques en la espalda para que lo soltara. “Te falta entrenamiento –dijo LM–. Otro día que vengas, antes de ponernos en pedo, luchamos.” De pronto, de entre las plantas, saltó el hijo más chico de LM como un polichinela de una caja de sorpresas: “Papá, ¿tu amigo L es como la tía?” “¡Qué decís, loquito! –le contestó LM–. Andá a ver qué quiere mamá, que te está llamando.” El nene, obediente, se esfumó. ¿Qué había querido decir, el pendejo?, se preguntaba L, perseguido. “¡Quedarías linda maquillada!”, opinó la Loba y L se puso rojo carmín. “¿No querés que probemos?” ”¡Dale, hermanita!”, intervino La Masa con la seguridad de quien ya lo ha hecho otras veces. “¡Maquillanos y vestinos a los dos! Vamos, L, no te achiqués, vamos a cagarnos un poco de risa. Si te copás, en vez de una plantita te regalamos dos.” “Mmmm, no sé... Una ya es un regalo buenísimo, dos es mucha responsabilidad. ¡Nunca regué una planta en mi vida! No sé...” 



LA LOBA Y LA LUNA LLENA



La luna llena emergía enorme tras los árboles, oro contra el azul de la noche. “Los colores de Boca”, pensaba L rotando su vaso de whisky con hielo, cuando de pronto salió del trance en que lo habían puesto el porro, el alcohol y los grillos... Su teléfono sonaba desde hacía rato, era la alarma para no olvidarse de tomar las pastillas. “Escabié demasiado”, pensó. Hasta esa noche no había salteado una sola dosis. “Sólo por esta vez no las tomo –se dijo, se sirvió una medida más de whisky e hizo tintinear dos cubitos más de hielo en el vaso–. ¡Un día de vida es vida!”
La Masa apareció ante los aplausos de todos con un vestido atigrado, guantes negros largos y peluca rubia; la fiesta volvió a animarse, LM se paseaba alrededor de la mesa y franeleaba a cada uno de los invitados como una bailarina de cabaret: sus pectorales inflados por el gimnasio y los anabólicos, acomodados en el vestido ceñido al cuerpo, parecían tetas de verdad. Cuando llegó al lado de su mujer, ella le dio una palmada ruidosa en los glúteos y le dijo algo en secreto; ahora L se daba cuenta de que no le conocía la voz. De pronto tuvo sentado en sus rodillas a la Masa, que gritó: “¡Acá siento algo muuuuuy grande!”. “¡En ese orto se pierde hasta el Obelisco!”, le gritó uno de los hermanos. “¡Grosero!”, gritó la Masa en joda. Y de pronto se puso serio, se paró y golpeó una copa con una cucharita: “Quiero decir unas palabras –anunció–. Muy pronto, el 2 de diciembre, es el Día Internacional del Sida, y quiero mencionar en esta noche al Negro que, por más que pasaron casi veinte años desde que nos dejó, lo sigo recordando y me sigue faltando”.
“¡Hermanito, el Día del Sida es el 1º de diciembre!”, corrigió la Loba. “Lo sé –siguió LM–, pero mi amigo murió el dos, así que mi día del sida, acá, en Nogués, es el dos. Negro querido, donde quieras que estés, ¡brindamos por vos!” Una lágrima le asomó y rodó como una perla sobre la purpurina del maquillaje. Todos brindaron por el Negro, y L no pudo evitar llorar un poco también, nadie se dio cuenta, salvo la Loba. “Mejor tomo las pastillas”, pensó y, después del brindis, fue tambaleante a buscarlas. La Loba lo siguió y reconoció el frasco; L quiso esconderlo, pero el frasco cayó y las pastillas de desparramaron por el piso. La Loba se acercó ayudarlo. “Conozco estas pastillas: yo también soy seropositiva –mintió–. Vení, que ahora te toca ponerte la pollerita a vos”, agregó, hábil para salir del tema.
Con dedos de araña entallaba con hilo y aguja la minifalda a L, entregadísimo. La respiración de la Loba contra su cóccix lo excitó y la pollerita se abrió como un telón. Cuando la Loba lo hizo girar, recibió el pijazo en plena cara... Los ojos le brillaron, parecía poseída, lo tenía agarrado al rubio. Lo empujó a la cama y L se dejó llevar, nunca se la habían chupado tan bien. La Loba jugaba con la lengua, le daba mordisquitos. Al fin después de varias semanas, L conseguía su mamada donde menos se lo esperaba. Afuera se estaba armando el baile.



SEXO A PELO

Hace ya cuatro meses que P conoció a T. A los dos de haberse conocido, P se mudó al departamento de T y abrieron un perfil juntos, ptpareja, en recon, un sitio de contactos por Internet, orientado a prácticas morbosas y fetiches: uniformes, amos y esclavos, rapados, látex, cuero, bondage, momificación, control de eyaculación, control de respiración, juego con cigarros y una larga fila de etcéteras. Habían acordado coger siempre juntos, ellos dos solos, en tríos o enfiestados con más, pero siempre juntos, era lo más parecido a la fidelidad de lo que T se sentía capaz.
Ante la insistencia de P de coger sin forro, T le pidió que lo acompañara a la consulta con su infectólogo que, cómo suponía T, se opuso: “La carga viral se mide en la sangre –dijo el Dr. R–y no en las secreciones genitales; puede haber diferencias, no es lo mismo la carga viral en el semen que en la sangre. Ese es un primer cuidado. El segundo cuidado es que el hecho de que T, o cualquiera, tenga carga viral no detectable en un momento, no significa que en todo el curso de la evolución de la enfermedad mantenga la misma carga viral, puede haber pequeños escapes de virus y eso no es fácil determinarlo, porque la carga viral se da en un punto determinado y la vida sexual del paciente es continua. Que tenga carga viral indetectable en un momento no significa que se mantenga así siempre. Las medidas de prevención deberían seguir manteniéndose estrictas”.
Desde que salieron del hospital, T se aguanta estoico los berrinches de P, que sigue insistiendo: “No entendés que los médicos van a decir siempre que hay que usar forro para coger y hasta para chupar pija. Hay que ver lo que pasa en la vida real, es una cuestión empírica –y destacaba la palabra “empírica” con el fin de volver su argumento más convincente–. “Yo le hago caso a mi médico” –se limita a contestar T que soporta con paciencia todos los insultos con los que P lo provoca “cagón”, “mariquita” “sos más papista que el Papa”–. Este último es el que más le jode a T, que odia a todos los Papas y al actual mucho más desde que hizo la concesión de aceptar el uso de preservativos sólo si es para coger con putas, ¿habrá sido un pedido de Berlusconi? “Si no te gusta, buscate otro macho, y si es seronegativo, mejor”, le contesta T. Y si está de mejor humor le dice “Callate, puto, si no, te ato y te amordazo”. A eso P no puede resistirse, se calienta y lo sigue puteando para terminar con un plug en el orto, en sesiones de bondage y latigazos que duran horas. Eso relaja a P y se olvida del tema por unas horas.
Sin embargo, hace unos días, P se metió en recon, abrió un perfil solo, guachozarpado, y mandó mensajes a varios perfiles, barebackaction, a_pelo, sexocrudo, y borró el historial antes de que T llegara. Siempre lo espera con el mate preparado, y mientras T ceba, él le hace masajes en los pies y terminan cogiendo, la pasión sigue (o seguía) como cuando recién se conocieron. Pero esa tarde, P dejó el agua caliente en el termo, el mate preparado, se hizo una paja, y se fue a dormir.


Guachozarpado, el perfil que P abrió sólo a escondidas de T, no tenía foto de cara; el de a_pelo tampoco. Cuando P estaba llegando a la esquina donde se habían dado cita, reconoció a B, con quien él y T se habían enfiestado. Antes de llegar a la esquina, desvió el camino y se dio cuenta de que la decisión de abrirse ese perfil para buscar coger sin preservativo era arriesgada. Cuando estaba a punto de darle de baja, se encontró con un mensaje de bareparis, un francés que estaba por cinco días en Buenos Aires. En su perfil había varias fotos, en muchas se le veía la cara, era rubio de ojos celestes, fisicoculturista con los abdominales marcados, buenos brazos, todo el cuerpo cubierto por tatuajes, piercings en las tetillas y un prince albert en el glande, “mi hombre ideal” pensó P. Intercambiaron un par de líneas en el chat, se vieron por cam y, al cabo de una hora, P ya estaba en el hotel. El francés lo recibió con arnés y suspensor de cuero y borceguíes negros. Se veía mejor en persona que en las fotos y por cam. P apenas sabía un par de palabra en francés, y el francés, nada de español, así que no hablaron; apenas P entró en el cuarto, el francés le sacó la ropa, le puso unas muñequeras con ganchos para bondage y lo ató a la cama boca arriba. Se puso unos guantes de cuero y muy experto empezó a trabajarle las tetillas. Estar a disposición de aquel gladiador envolvía a P en un estado de irrealidad, como si estuviera mirando y siendo al mismo tiempo el protagonista de una porno. No podía resistirse, estaba bien inmovilizado; cuando las tetillas le ardieron, empezó a lloriquear. “Salope!”, le gritó el francés y le escupió la cara. Después se le sentó en la pija y lo único que mitigaba el trance de P era la concentración para no acabar enseguida. Lo logró durante un buen rato; el francés arriba haciendo sentadillas y penetrándolo con su mirada azul. P lo llenó con una acabada larguísima; lo que no se esperaba era que aquella cantidad de leche se la iba a tener que tragar; el francés se le sentó en la cara y se la devolvió en la boca con sabor a mierda. Esa parte no le gustó tanto, pero qué más daba, era la mejor cogida de su vida, habría dado mucho más por seguir al lado de aquel macho perfecto que, ahora de pie como un coloso en la cama, lo bañaba de lluvia blanca mientras P acababa por segunda vez, sin tocarse.
Mientras se vestía, pensaba si habría corrido algún riesgo de contagio, no sabía nada acerca del estado serológico del francés. La leche que había tragado era la propia, ¿se transmitiría alguna peste por la merde? El francés estaba en un estado físico envidiable, no parecía tener problemas de salud, todo lo contrario, era un titán; si lucía tan sano, tuviera lo que tuviera, no había problema, pensó P. De camino a su casa, lo excitó el roce de sus tetillas ardiendo contra la remera. Algo no estaba bien, cuando llegó y se desvistió para bañarse, vio que en las tetillas se le habían hecho cascaritas. ¿Qué pretexto podía inventarle a T?

                                                                        
TRAMPAS Y TRAMPAS



Desde hace varios días, cuando T llega del trabajo encuentra a P durmiendo. La última vez que cogieron fue hace dos semanas. Malhumor de T, desconcierto de P, que no sabe cómo manejar la situación que se disparó desde que empezó a buscar bareback a espaldas de su pareja.

 Un lunes de mierda. T sale del trabajo, viaja compactado en un vagón de subte, llega a su casa y, una vez más, P no lo está esperando. “¿Qué le pasa a este pibe?”, se pregunta mientras prepara el mate y se mete en Facebook. Todavía siguen los comentarios de sus amigos sobre los hechos violentos y la muerte de tres personas en el Parque Indoamericano; escucha una vez más las declaraciones xenofóbicas de Macri, se indigna y putea en voz alta: “¡Hijo de puta, mentiroso, inescrupuloso!”. Mientras P finge dormir, escucha los gritos de T. “Me descubrió —piensa—. Me olvidé de borrar el historial, seguro leyó mis mensajes... ¡la concha de la lora!” Aunque ya empezaron los días de calor, P no se saca la remera delante de T porque sigue con las tetillas lastimadas desde el encuentro con el francés. Sale de la cama decidido a enfrentar la situación, aunque todavía no sabe qué va a decir.

 “¡Buenas tardes! —lo saluda T sin poder cambiar la cara de culo—¡Qué vidurria la tuya!” “¡Cagamos!”, piensa P, mientras que T piensa, arrastrado por el enojo, cuándo laburará este pibe. “Diseñador de páginas web, ¡qué curro!” Según P, con diseñar un par de páginas al mes le alcanza para vivir, pero nunca lo vio laburando. “Ya que tenés tanto tiempo libre, podrías ordenar un poco. ¡Es un quilombo esta casa!”, dice T, y P esconde su sentimiento de culpa, lo mira como diciendo “no rompas las bolas” y respira hondo. “¿Renuevo el mate?”, pregunta. “Dale —contesta T y se queda un rato en silencio—. ¿Viste lo que están haciendo los conspiradores de siempre justo para fin de año? ¡Murieron tres personas!” Le gusta lo que acaba de decir y lo publica en Facebook. “Disculpame, mi amor, las noticias me ponen de mal humor y me la agarro con vos, no me hagas caso. Igual, ya que estamos, decime... ¿qué te pasa que últimamente te encuentro siempre durmiendo? Ya no me esperás con el mate, no me hacés masajes, no cogemos... ¿Tenés algún problema?” P se siente acorralado otra vez. Vacía la yerba en la basura, pone a calentar el agua... “No sé bien, estoy medio deprimido, pero no me preguntes por qué; no lo sé”, dice P con su mejor cara de perturbado y se pregunta cuánto tiempo más podrán seguir conviviendo así. Es verdad que está deprimido y no sabe por qué empezó, por qué la obstinación en salir a coger de trampa y sin forro. ¿Será que el HIV es una barrera que los separa, que quiere infectarse para sentirse más cerca de T y que así T deje de tener miedo de contagiarlo? ¿O será que se le pasó el amor? “Soy una mierda —piensa—, no puedo hacerle esto a T; lo único que quiere es cuidarme.” Está distraído, se le hirvió el agua del mate. Vacía un poco la pava, agrega agua fría y la vuelve a poner en la hornalla.




AÑO NUEVO, GOTA Y HEPATITIS



 Desde hace un par de semanas alquilo un cuarto en lo de mi amigo J. De todos los departamentos donde viví, éste es sin dudas el más lindo: amplísimo, con vitrales en algunas de las ventanas y hermosas boisseries, situado en el pasaje más parisino del barrio San Nicolás. Me mudé en plena época navideña, así que la decoración del lujoso palier tiene más lazos rojos que en el Día Internacional de Lucha contra el Sida. Un excelente comienzo para el 2011, pensé, después de varios años de peregrinaje por distintas casas, encontré un remanso. Sumido estaba en estos pensamientos mientras desayunaba en el comedor, cuando mi amigo J apareció con expresión pálida y goyesca: “Tengo hepatitis”, anunció. No puedo negar que se me atragantó el mate, pero pronto recuperé la calma; la experiencia que adquirí combatiendo mis propias enfermedades, sobre todo desde que me enteré (¡hace ya veinte años!) de que soy seropositivo, me hizo perderles el miedo, aunque no el respeto. J me contó los pormenores de su consulta con el médico, le contó que compartía el departamento con un seropositivo para ver si debíamos tomar alguna precaución extra. “Las medidas de prevención son las mismas para todos, pero ya que estamos, también te podés hacer vos el test de HIV.”
 Nos pusimos a pensar qué medidas tomar: lavado de manos, toallitas descartables con lavandina para repasar canillas, manijas, teléfono y portero eléctrico; un desinfectante con cuello de cisne para el inodoro (producto aportado por M, nuestro otro compañero de casa), ya que una de las vías de contagio, además de la saliva, son las heces; cada uno con su vaso, su plato y sus cubiertos (difícil ser constante; si nos olvidamos, sumergimos toda la vajilla en agua con lavandina). Me ofrecí para hacer las compras y cocinar, de paso me sumo a la dieta sana. Mientras armábamos este plan de acción, sentí un pinchazo en el pie. ¡Gota! Desde hace años vengo luchando por mantener a raya los niveles de ácido úrico, pero la seguidilla de brindis por el fin de año (exceso de fiambres y alcohol) decantó en mis extremidades inferiores. ¡La dieta se impone!, sobre todo muchas verduras al vapor y frutas; sopas, arroz, fideos; nada de grasas ni alcohol. P, el novio de J, ya tuvo hepatitis y aportó su experiencia, trajo salvado de avena y nos comunicó que los lácteos también quedan afuera.
 Se acerca el 31 y J propuso que la pasemos juntos; vendrán también su novio y nuestra amiga S. Las perspectivas del menú festivo no son muy alentadoras: ¿sopa?, ¿zanahorias al curry?, ¿verduras grilladas?, ¿pescado? Seguimos pensando. Muy poco habitual en mí, hoy me desperté a las seis de la mañana y, desvelado por las posibilidades, no me pude volver a dormir. ¿Sushi? Hoy me toca a mí informarle las novedades a mi médico, así que le preguntaré. El 2011 en mi nuevo hogar nos encuentra hermanados por la dieta y, ya que estamos, no nos olvidemos de la hermandad latinoamericana. ¡Feliz Año Nuevo!















 
                                                                                         

                                                                                                                  
                                                                                                                                              

viernes, septiembre 03, 2010

Su pregunta no molesta

Me siento feliz, se está cumpliendo uno de mis sueños que es recibir correo de lectores y poder contestarles. Me siento como una especie de AR en versión puto. Antes que nada quiero agradecer los alentadores mensajes de LT, NCR, L y PG. También agradezco su mensaje a SA, aunque no me parezca tan “copada” la última frase del texto que envió: “La noche estaba hermosa, y me fui caminando feliz, contento, orgulloso de lo copado que soy, que hasta cojo con flacos que tienen el sida”.
Pero sobre todo me voy a detener en algunas dudas que plantea PG:
“... Hay un único motivo por el que ‘con’ [preservativo] me parece importante, y es que la flora bacteriana del recto no es ‘compatible’ con la del pene, y puede provocar una infección genital al que penetra. Más aún, en alguna ocasión, en el forro quedó materia fecal. No muy alentador, por cierto. Fue en una relación anal con mi mujer. [...] Hace años que vengo dando vueltas con la posibilidad de estar con un varón, y lo que más me calienta es comportarme como pasivo y ser penetrado, qué digo, ¡ser cogido! ¡recontra cogido! Lo que me detiene es el miedo al dolor y/o a una lastimadura. Porque como no pienso tomarlo como opción sexual única, ¿cómo carajo le explico a mi mujer por qué me sangra el culo? Para coger por el culo con ella, compré uno de esos plugs dilatadores, pero no el inflable, sino uno común. Un día, que estaba solo, me lo apliqué a mí mismo. Entró con facilidad y el bombeo fue muy excitante. Pero no pasa de los 2,5 cm de diámetro. Así cualquiera”.
Querido P, es interesante tu planteo acerca de la materia fecal durante el sexo anal. Mi amiga y confidente L hizo una atinada observación: “Lo que no hay que usar, después de la caca de la señora, es su concha, porque ahí sí que la caca cuenta...”. Por mi parte te digo que el tema da para mucho, es frecuente encontrarse con algún culo sucio. Lavándose bien después, en general no hay riesgos. Dentro del gran espectro de morbosos, encontramos a los denominados guarros o “pigs”, algunos de los cuales prefieren el sexo escatológico: usar o ser usados por otros como inodoro viviente. Pero también encontramos, en la práctica de sexo leather sm, Amos muy severos que, si el esclavo está sucio al momento de la penetración, le aplican un castigo, en general spanking o latigazos. El consejo para evitar esto es un profundo lavado previo del ano, puede usarse una pera de enemas con agua tibia (nunca muy fría ni muy caliente) y sin jabón. En algunos sex shops del mundo se consiguen unos duchadores anales muy anatómicos...
En cuanto a tu miedo de que tu mujer descubra tu culo sangrando, las posibilidades son remotísimas. Si ella decidiera hacer una exploración minuciosa (lo cual no dejaría de ser un juego interesante) como máximo podría encontrar alguna lesión, pero es raro que un culo quede sangrando tanto tiempo. Vas bien empezando por el dildo pequeño, de a poco podés ir incrementando el tamaño y, para evitar lesiones, ¡usá lubricante!

viernes, junio 04, 2010

La enseña que Belgrano no legó (Bicentenario apócrifo)


En los escritos personales de Manuel Belgrano, hallados recientemente en la ciudad de Rosario, se encuentran referencias a Celestino, un adolescente transexual indio, adoptado por Belgrano y del que hasta hoy se desconocía su existencia. Personaje clave en las relaciones diplomáticas con los grupos indígenas que unirían sus fuerzas a las del Ejército del Norte en 1813, tuvo, además, un rol protagónico en la creación de una bandera argentina que no pudo ser y que sin embargo es.

Celestino, cuyo nombre de niña abipona no figura en estos escritos, tenía 16 años cuando llegó a la ciudad de Rosario en una barca, por el río Paraná. Venía de una larga travesía por la selva, un “viaje iniciático”, dice Belgrano, durante el cual pudo sobrevivir gracias a la hospitalidad de otras tribus de la región. Huía de los suyos y de su trato tan cruel para con las mujeres, sobre todo del ritual que se practicaba con las niñas luego de su primera menstruación, ceremonia a la que hubiera tenido que someterse de no haber escapado. El Dr. Manuel Cracogna describe esta práctica en su libro La Colonia Nacional Pte. Avellaneda y su tiempo:

“Tan pronto como una niña llega a la edad de tomar estado, la obligan a tatuarse según la costumbre. Descansa su cabeza sobre el regazo de una mujer y es alfilereteada [sic] para ser embellecida. En vez de alfileres usan espinas, y en vez de pinturas usan sangre mezclada con cenizas. La operadora va pintando figuras, hundiendo sin piedad las espinas en las delicadas carnes, acompañando su tarea con insultos y burlas a la pobre niña cada vez que hace oír sus lamentos, sin alcanzar a soportar callada ese dolor interminable. El suplicio se repite cuatro o cinco días en que la resignada muchacha queda desfigurada hasta que se curan las numerosas heridas, agravadas, sin duda, por la toxicidad de las espinas.”

Belgrano, conmovido tanto por su fatal destino como por su temperamento alegre y amable, permitió al joven indio vivir junto a él y a su exiguo ejército como un soldado más; fue desde entonces su más fiel ayudante y confidente: “Celestino he decidido que llamaríamos en adelante a este joven en el nombre de Nuestro Señor, de quien siendo nuestra su obra, él es quien la ha de llevar hasta su fin, manifestándonos que toda nuestra gratitud la debemos convertir a su Divina Majestad y de ningún modo a hombre alguno”.

Al poco tiempo de llegar, Celestino, además de ser “un excelente soldado, servicial en todos nuestros menesteres”, demostró una capacidad extraordinaria para el dibujo, “el alma de las artes”, según Belgrano.

Una soleada tarde de 1912 en que Belgrano, Celestino y algunos soldados se recreaban a orillas del río Paraná, mientras el general les hablaba de su intención de crear una bandera nacional celeste y blanca, Celestino descubrió en el cielo un extraordinario arco iris. Sorprendidos, puesto que nunca habían visto tal fenómeno sin que lloviera, atribuyeron el milagro al joven indio, que inició un “emocionado discurso de inspiración divina”: habló de la paz, de los nuevos lazos que debían ser fomentados con los diferentes pueblos originarios por ser ellos también justos dueños de la tierra, de recuperar la dignidad para las mujeres y el respeto por la diversidad de sexos, que él mismo había conocido entre las personas que le habían dado hospitalidad durante su viaje. Era necesario que en la bandera estuvieran representados todos y cada uno de los seres que habitaban aquellas abundantes tierras, dijo Celestino. Por eso, entre las dos franjas celestes, en lugar del color blanco, el estandarte debía llevar los colores del arco iris.

Fue así que Belgrano confió a Celestino el diseño de nuestra insignia, enarbolada por primera vez a orillas del río Paraná el 27 de febrero de 1812. Pero, ¿cómo entenderían en Buenos Aires aquel milagro atribuido al joven indio y la consiguiente inclusión de tan estridentes colores en una bandera nacional? El Triunvirato reaccionó alarmado: dada la situación militar, era aconsejable declarar una vez más la soberanía del rey de España, de modo que Rivadavia le ordenó destruir la bandera. Sin embargo, Belgrano la conservó con la esperanza de poder vencer algún día la reticencia del Triunvirato.

Celestino murió en 1813, combatiendo en la batalla de Vilcapugio. En noviembre de ese mismo año, la bandera multicolor ideada por él sería rechazada nuevamente.

Belgrano, en sus memorias, le escribe unas palabras de despedida. “Caro Celestino, una vez más han despreciado el tan bello símbolo patrio que tras aquel milagro vislumbraste a orillas del río Paraná. Será nuestro consuelo que es el blanco la síntesis de los siete colores del arco iris, que en ella estarán siempre. Quiera la Patria que algún día quienes contemplan la enseña albiceleste, vuelvan a ver en ella los espléndidos colores de la diversidad.”

Sucundum sucundum

Lo sé por experiencia: la palabra “pija” en la tapa de un libro obnubila a algunos lectores; y si en el primer capítulo hay sexo explícito, mucho más: algunos dejarán de leerlo con el argumento de que se trata de pura pornografía, como si el sexo o la pija no merecieran un lugar destacado en la literatura; otros, en cambio, avanzarán con la lectura ávidos de momentos calientes y tal vez se sentirán decepcionados cuando descubran que no se trata sólo de correrías sexuales. Mar de pijas es la primera novela de Alejandro Quesada, marplatense nacido en 1974, guionista de televisión. Su narrador es ELDELOSRULOS AMARILLOS, que tras la muerte de la “abuelagorda” que lo crió y con quien vivían juntos, entra al chat, se morbosea, coge y se pajea en todos los rincones de la casa paterna donde quedó viviendo solo: “Por primera vez salgo moviéndola por la casa. Está bien parada. Señala todo: a la muñeca y a sus caniches de porcelana, al gato, a los portarretratos con las fotos de la familia. [...] Si ella sólo hubiera salido a hacer los mandados, yo no me atrevería a tanto”. ELDELOSRULOS... trabaja de mozo en el Cristóbal, donde no gana mucho: la diferencia la hace cogiéndose a pescadores en el puerto. Vive alzado, conoce por la pija a todos sus amigos surfers, y la lista de partenaires sexuales crece día a día: ELDELAMANCHA, ELMUSCULOSOTATUADODELASTILLERO, ELFLACODELINTERIOR, ELTUERTODELPUERTO.

Como contrapunto al desenfreno sexual, MDP nos muestra también una serie de postales de Mar del Plata, tristes, grises, ventosas: en esta novela rara vez brilla el sol. El protagonista vive una racha de pérdidas: además de la muerte de la abuela, su tabla de surf se parte al medio durante una maniobra en la que casi se ahoga, más tarde le roban la bicicleta que dejó en la calle sin candado mientras cogía con un amigo.

Se enamora de él LADELOSRULOSCOLORADOS, que sin demasiadas chances intenta conquistarlo. Ella se levantaba todas las mañanas a las cinco para ir a trabajar a la fábrica del puerto como filetera, hasta que enfermó: “Al principio no quería usar el barbijo, pero la obligaron cuando su tos se volvió constante. Debajo del delantal blanco se abrigaba amontonando poleras de todos los colores; sin embargo, el frío le penetró los pulmones”.

El hilo conductor hace honor al título: las pijas son catalogadas a lo largo de toda la novela desde una perspectiva marítima: plancton, cornalito, nudo marinero y marea roja, entre otras; y los capítulos lo refuerzan parodiando títulos de la literatura universal: “Don Pijote de la Mancha”, “En busca del miembro perdido” o “San Manoteador Gaviota”. Este último recurso es tal vez el menos logrado de la novela, por distanciarnos e interrumpir el sueño vívido en que nos sumerge por momentos MDP, una historia bien escrita, auténtica, contada con sensibilidad, donde coinciden y se enriquecen el erotismo y el dolor, el prosaísmo y la poesía.

martes, marzo 30, 2010

Ciudad Luz, por Pablo Pérez


Lo primero que hace José Cuneo cuando entra a una casa es mirar por la ventana en busca de un nuevo paisaje, y siempre dirá que le encanta, aunque no sean más que unos techos sin interés. De ese optimismo y de otras experiencias parisinas saca la luz que luego pone en sus cajas luminosas, que actualmente se presentan en galerías de Francia, Holanda y Suiza.






Todavía quedaban algunos años del gobierno socialista de François Mitterrand, durante el cual, entre otros logros, se había despenalizado la homosexualidad. La cantidad de locales con la bandera gay a la vista crecía a diario: sex-clubs, cuartos oscuros y bares leather, lugares donde se vivía una libertad sexual que por aquella época en Buenos Aires apenas se podía intuir en el famoso “Túnel del Amor” de Bunker. En los bares del Marais, el barrio gay, era frecuente que un desconocido te invitara una copa sólo para conversar y que a la conversación se sumaran otros desconocidos que a su vez invitaban otra ronda. Noches de borrachera. Todavía flotaban en el ambiente los fantasmas de Barthes, Foucault, Guy Hocquenghem, Copi y otros intelectuales que la muerte se había llevado (ya sea por el sida o por otras visitas inoportunas), aunque seguían ejerciendo su influencia en la lucha por los derechos de la comunidad homosexual y en las páginas de la mítica revista semanal Gai Pied, donde Cuneo retrataría tan bien los destellos y sombras de aquella París bohemia.

Cuneo tenía 20 años cuando comenzó su viaje. Su primer destino era la Feria del Libro Infantil de Bolonia. En Buenos Aires había trabajado para la revista Anteojito e ilustrado varios libros infantiles de Marta Mercader. Después de recorrer varias ciudades europeas llegó a París en 1986, y muy pronto empezó a trabajar para la revista Pif, una especie de Anteojito en versión francesa y comunista, que dejó de existir tras la caída del Muro de Berlín.

Al poco tiempo, Cuneo ya dibujaba historietas para adultos en revistas como L’Echo de Savanes y Metal Hurlant, y tuvo un encuentro decisivo: “Yo ya había dejado de hacer cosas para chicos –cuenta– y me encontré con Alejandro Jodorowsky; él escribía los guiones para Moebius en Metal Hurlant y había visto mis historietas; fue él quien me convenció de abordar la temática gay, y fue gracias a él que hice mi outing en el comic.”







Copi había muerto en diciembre de 1987 y en la revista Gai Pied seguían llorando su pérdida y buscaban sucesor para sus páginas. Lo encontraron en Cuneo, que mostraba con un humor desopilante el ambiente gay parisino: los dark-rooms, personajes vestidos de cuero, tertulias de locas en los bares, saunas, playas nudistas, yiro en la vía pública, sex-shops y sida: “El sida era algo cotidiano, en la revista todos los meses se moría uno, y por entonces en las campañas de prevención era imposible hablar de preservativos porque te acusaban de proselitismo, de fomentar el sexo por el sexo. Pude hacer la primera campaña de prevención del sida en el ’94; habíamos hecho pruebas en el ’90 y ’91 y no pasaron porque en el Ministerio de Salud no las aceptaban”.

Todos aquellos dibujos se inspiraban en las salidas nocturnas de Cuneo. “Un tema muy apasionante, que además me obligaba a salir todo el tiempo a buscar material. Me decían: ‘¡Otra vez estás yirando!’. Y yo les contestaba: ‘¡Estoy trabajando, estoy trabajando!’. Así que me pasaba hasta altas horas de la noche ‘trabajando’. El fruto de todos esos años de ronda nocturna, sexo desbordante y alcohol salió publicado en un volumen de historietas, Y’a plus d’hommes.”

En octubre de 1992, una noticia conmocionó a los gays de toda Francia: el cierre de Gai Pied, que ya no daba ganancias y se sostenía apenas gracias al minitel, versión francesa del chat anterior a Internet. A los pocos meses apareció una nueva propuesta, la revista Têtu, una especie de Para Ti gay que parecía pensada para poder ser leída en la oficina o en el metro sin que nadie se enterara de las preferencias sexuales de su portador. Las historietas de Cuneo no encontraron su lugar ahí: “No tanto porque lo que yo hacía tuviera sexo explícito, o fuera zarpado, sino porque era humor, era sátira, y la sátira es muy difícil hoy en día en las revistas de glamour, porque justamente convertís el glamour en motivo de risa, tomás distancia de eso y te reís de vos mismo; no era ésa la política editorial de Têtu”. No obstante, Cuneo siguió dibujando historietas, algunas de las cuales logró publicar durante los tres meses de existencia del primer intento del diario Perfil en 1998, y luego todas juntas en un nuevo libro, Le mariage de Roberto (París, 1999): la intimidad de una pareja gay viviendo en París, una loca argentina y su chongo italiano y futbolero, vista a través de los ojos de su perro al que mandan al psicoanalista.



Después de muchos años de haber publicado historietas, Cuneo sintió la necesidad de un cambio: “El tema es que estaba saliendo mucho, la noche y el exceso de alcohol ya no me servían de inspiración, todo lo contrario, no podía hacer nada, no encontraba matices; entonces empecé a trabajar el color y la forma, la materia, la pintura”.

El resultado son sus cajas luminosas, que hasta ahora pudieron verse en algunas galerías de Francia, Holanda y Suiza. Si los temas de las legendarias historietas en blanco y negro de Gai Pied eran el descontrol, el sexo, las borracheras, los anuncios de contactos, en estas cajas tridimensionales y desbordantes de luz y color encontramos paisajes urbanos o bucólicos representados hasta el más mínimo detalle, los canales de Amsterdam transformados en pistas de patinaje sobre hielo, las callecitas de París, donde se pasean Divine y Rosy de Palma, los gays van de la mano y conviven en armonía con las señoras que vuelven de hacer las compras, los niños jugando y gatos paseando por los tejados. Cada caja es un pequeño mundo ideal, donde cada personaje vive su presente y detrás de cada ventanita podemos espiar una historia. Hasta que podamos tener las cajas en la Argentina, entren a la página de Cuneo, busquen los videítos de las cajas en YouTube y disfruten.

http://www.josecuneo.com/

www.youtube.com/user/robertocuneo



Nota publicada en el suplemento Soy, de Página 12